miércoles, 28 de agosto de 2013

LOS DOS HERMANOS.

 Popular medieval.

Dos hermanos, el uno soltero y el otro casado, poseían una granja cuyo fértil suelo producía abundante grano, que los dos hermanos se repartían a partes iguales.   
Al principio todo iba perfectamente. Pero llegó un momento en que el hermano casado empezó a despertarse sobresaltado todas las noches, pensando:
   
— No es justo. Mi hermano no está casado y se lleva la mitad de la cosecha; pero yo tengo mujer y cinco hijos, de modo que en mi ancianidad tendré todo cuanto necesite. ¿Quién cuidará de mi pobre hermano cuando sea viejo? Necesita ahorrar para el futuro mucho más de lo que actualmente ahorra, porque su necesidad es, evidentemente, mayor que la mía.
   
Entonces se levantaba de la cama, acudía sigilosamente a donde su hermano y vertía en el granero de éste un saco de grano. 

También el hermano soltero comenzó a despertarse por las noches y a decirse a sí mismo:
   
— Esto es una injusticia. Mi hermano tiene mujer y cinco hijos y se lleva la mitad de la cosecha. Pero yo no tengo que mantener a nadie más que a mí mismo. ¿Es justo, acaso, que mi pobre hermano, cuya necesidad es mayor que la mía, reciba lo mismo que yo?
   
Entonces se levantaba de la cama y llevaba un saco de grano al granero de su hermano.
   
Un día, se levantaron de la cama al mismo tiempo y tropezaron uno con otro, cada cual con su saco de grano a la espalda.
   
Muchos años más tarde, cuando ya habían muerto los dos, el hecho se divulgó. Y cuando los cuidadanos decidieron erigir un templo, escogieron para ello el lugar en el que ambos hermanos se habían encontrado, porque no creían que hubiera en toda la ciudad un lugar más santo que aquél.
   
La verdadera diferencia religiosa no es la diferencia entre quienes dan culto y quienes no lo dan, sino entre quienes aman y quienes no aman.

LAS PUERTAS DEL INFIERNO.

 Dino Semplici.

Un día el diablo se sintió cansado y decidió dormir la siesta. Trajo un alma particularmente blanda y, recostada la cabeza, se durmió.
    

Pero fue despertado, casi enseguida, por un gran ruido: alguien estaba dando fuertes golpes a las puertas del infierno.
   
“Una cosa insólita”, pensó el diablo y se fue a abrir.
   
Se le apareció un hombrecito vestido de negro con un martillo en la mano.
   

“Oh, ¿qué haces tú?”, le preguntó el diablo.
   
“Estoy asegurando las puertas del infierno”, respondió el hombrecito. “Nosotros, los hombres hemos decidido que el infierno ya no existe y por lo tanto deben desaparecer también los símbolos y otras realidades que se esconden detrás de los símbolos”.
   
“Nosotros, los hombres –se las echó de doctor el hombrecito- hemos decidido que los símbolos y las realidades son la misma cosa. Por lo cual, hazte a un lado y déjame trabajar”.
   
El diablo se hizo a un lado y observó al hombrecito llevar a término el trabajo.
   
Después, cuando éste se fue muy satisfecho, entró en casa, como hacía desde milenios, a través de los batientes asegurados.
   
Se despertó y se dio cuenta de que había sido un sueño. Le había parecido tan verdadero que se frotó instintivamente las manos.

CHARCOS.

Historia china.

Un día dos monjes caminaban por una carretera de campo, mientras llovía torrencialmente.
 

En una curva del camino vieron a un cierto punto a una muchacha, joven y bella, que dudaba para pasar un gran charco.
 
“Yo te ayudo, muchacha”, dijo uno de los monjes y, sin dudar, la tomó entre sus brazos y la dejó al otro lado del pantano.

El otro monje no dijo nada.
Emprendieron el camino hasta  que por la tarde llegaron a un templo a rezar.
Terminada la oración, por fin desembuchó:
“Hermano, tú sabes bien que nosotros los monjes no debemos tener familiaridad con mujeres; y sobre todo con aquellas jóvenes y hermosas. ¿Por qué, pues, lo has hecho?

El otro respondió:
“Yo he dejado a aquella muchacha allá lejos. ¿No te das cuenta de que tú todavía la llevas contigo?”

LOS DOS FÓSFOROS.

Robert Stevenson.

Un día de la estación seca, un viajero atravesaba los bosques de California, y los alisios soplaban fuerte.
    
Cansado y abatido de tanto cabalgar, pensó que fumarse un cigarrillo le habría levantado el espíritu; por lo tanto, se bajó del caballo, buscó en el bolsillo la pipa. Pero por más que hurgase, sólo encontró en el bolsillo dos fósforos.
   
Probó el primero, que no se encendió.
   

 
“¡Buena broma!” refunfuñó el viajero.
   
“Me muero de las ganas de fumar, no me queda más que un sólo fósforo, y aún éste, de seguro, no se encenderá. ¿Ha habido jamás un hombre con tan mala suerte?”
   
“Sin embargo -continuó reflexionando- supongamos que este fósforo se encienda, y que yo fumo mi pipa, y después bote las cenizas aquí sobre la hierba: la hierba, tan seca como está, podría incendiarse; y mientras busco con qué apagar la llama frente a mí, se me podría escapar y correr detrás de mí, y pegar fuego a aquella maleza de allá abajo; antes que lo pudiese alcanzar, estaría todo en llamas; y más allá veo un pino cubierto de musgo que se incendiaría enseguida hasta la rama más alta; ¡y la llama de aquella antorcha, el viento la arrastraría a través de todo el bosque tan propicio a prender fuego! Veo este pequeño y –dijo invadido de golpe de las voces conjuntas del viento y del fuego- me veo galopar locamente para salvar mi alma, y el fuego correr tras de mí a través de las colinas; veo este bello bosque arder por días y días, y el ganado achicharrarse, y las fuentes secarse, y el campesino arruinado, y sus hijos errantes por el mundo. ¡Sí, todo el mundo depende de este fósforo!”
   
“¡Gracias a Dios que me he dado cuenta!”, dijo el viajero.
   
Metió en el bolsillo la pipa, guardó el fósforo y siguió su camino.

EL KIMONO.

Cuento Zen.

Voy a contar la historia de Ikyu, un célebre monje del pasado.

 
Ikyu significa reposo, descanso.

Era hijo del emperador. Lo confió a un templo; pero todo el mundo sabía que era un príncipe.
Más tarde llegó a ser abad del templo más bello de Kyoto, e introdujo la ceremonia del té, de la que es el fundador.

Su kimono estaba deshilachado como el de un mendigo.
Un día, un hombre rico lo invitó a una ceremonia conmemorativa por sus antepasados. Ikyu se presentó en la mansión vestido como un mendigo porque vivía muy pobremente, y los criados, tomándolo por un pordiosero, lo echaron.

Entonces, Ikyu volvió al templo y por primera vez, se puso un bellísimo kimono violeta, un rakusu dorado, bonitos zapatos y un hábito de seda blanca. Vestido así se dirigió a casa del hombre rico donde le estaban esperando. Allí recitó sus oraciones.

Cuando terminó la ceremonia se dirigió al comedor y los criados pusieron manjares deliciosos ante él. Su mesa estaba cubierta de platos.

En Japón, se pone una mesa ante cada invitado; a veces hasta tres mesas en los banquetes más refinados. Entonces Ikyu dobló su kimono.

“Tendrá ganas de beber”, pensaron sus anfitriones. Pero él puso su kimono ante la mesa y no tocó los platos.
— ¿Por qué no come usted? –le preguntaron.
Ikyu respondió:
— Este banquete no me ha sido ofrecido a mí. Le ha sido ofrecido a este kimono violeta, así que él es quien debe comérselo.

LA BOLSA DE MONEDAS.

Popular Medieval.
 
Hace algunos años, había en China una familia con sólo la madre y sus hijos. Para mantener la familia, el hijo mayor cultivaba hortalizas y frutas, las cuáles llevaba después al mercado para venderlas por un poco de dinero.

Un día, cuando el joven regresaba del mercado, sintió ganas de ir al lavabo, por lo que se dirigió a un lavabo público. Allí, mientras hacía sus necesidades, descubrió una bolsa en un rincón, pero para su sorpresa, cuando la abrió y miró dentro encontró en su interior cincuenta piezas de oro.

Al instante pensó que la persona que hubiese perdido la bolsa debía estar muy preocupada y creyó que tal vez las necesitase para pagar algunas urgentes necesidades.

Inmediatamente tomó la decisión de esperar algunas horas por si esa persona volvía a buscar la citada bolsa. Esperó hasta que el sol se puso, y entonces vio a un mercader corriendo hacia el lavabo mientras miraba nerviosamente por todos lados. Al verlo, el joven supuso que estaba buscando algo. Caminó hacia él y le preguntó:

— Señor, ¿ha perdido usted algo?
El mercader lo miró y respondió:
— Sí joven, he perdido una importante bolsa y no logro encontrarla.
El joven sacó la bolsa que había encontrado y le dijo:
— ¿Es ésta la bolsa que ha perdido?
El mercader al verla se alegró al mismo tiempo que excitadamente exclamaba:
— ¡Sí! –y tomó la bolsa que le ofrecía el joven.

Al instante su actitud cambió y pensó que si admitía que la bolsa era suya, debería dar al joven una justa recompensa por su honestidad. Aunque, si decía que la bolsa no era suya, entonces se la quedaría el joven por haberla encontrado.
El mercader abrió la bolsa, contó el oro, y de repente miró al joven diciendo:

— Originariamente había cien piezas de oro en esta bolsa, ¿por qué ahora sólo hay cincuenta? –y luego le pidió las cincuenta piezas que supuestamente faltaban.

Naturalmente, el joven era incapaz de hacerlo. Tras una pequeña discusión, decidieron ir al juzgado y presentarse ambos ante el juez. Después de oír las dos historias, el juez comprendió que el mercader estaba intentando sacar beneficio de la honestidad del joven. El juez entendió que si el joven hubiese querido quedarse con el oro, no hubiese estado junto a los lavabos tanto tiempo esperando hasta que apareciese el propietario y reclamase su bolsa. Y así tras pensar en ello, decidió dar una lección al mercader.

— Bien –dijo el Juez, mirando al mercader –tú dijiste que había cien piezas de oro en la bolsa.
— Sí, su Señoría –contestó el mercader.
Luego el Juez miró al joven y dijo:
— Tú dijiste que cuando encontraste la bolsa, tan sólo había cincuenta piezas en ella.
— Es verdad Señoría –respondió el joven.
El Juez entonces dijo al mercader:
— Como en tu bolsa había cien piezas de oro, y en la bolsa que encontró el joven sólo hay cincuenta, creo que esta no es la bolsa que tú perdiste, por lo que la bolsa debe pertenecer a otro. Así que esperaremos dos días por si alguien viene a reclamarla. De no ser así, querrá decir que la bolsa se la puede quedar el joven.

El mercader estaban tan sorprendido, que no pudo responder nada. Naturalmente nadie fue a reclamar la citada bolsa, y ésta con sus cincuenta piezas de oro fue entregada al joven. El mercader había obtenido su merecido.

domingo, 25 de agosto de 2013

EL REY, EL EREMITA Y EL CIRUJANO.

POPULAR ÁRABE.

En la antigüedad, un rey de Tartaria pescaba acompañado de algunos de sus nobles, cuando en el camino se cruzaron con un monje errante, quien proclamaba en voz alta:



— A aquél que me dé cien monedas, le corresponderé con un consejo que le será de gran utilidad.



 

   
El rey se detuvo y dijo:
  
— Buen hombre, ¿cuál es el buen consejo que me darás a cambio de cien monedas?
   
— Señor –respondió el eremita-, ordenad que antes me sean dados las cien monedas, e inmediatamente os aconsejare.
   
Hízolo el rey, esperando de él algo verdaderamente extraordinario. Pero el eremita se limitó a decirle:
   
— Mi consejo es: nunca comiences nada sin haber pensado cuál será el fin de lo que hagas.
   
Al escuchar estas palabras, no sólo los nobles, sino cuantos se hallaban presentes rieron de buena gana, diciendo que con razón el monje errante había tenido la precaución de pedir el dinero por adelantado. Pero el rey objetó:
   
— No sois justos al reíros del excelente consejo que este hombre de Dios acaba de darme, nadie ignora, ciertamente, el hecho de que se debe pensar antes de hacer algo, no importa lo que sea. Pero todos cometemos cada día el error de no recordarlo y las consecuencias son funestas. Aprecio en gran manera el consejo del monje.
   
Y, de acuerdo con estas palabras, decidió no solamente tenerlo siempre presente, sino hacerlo escribir con letras de oro en los muros de su palacio, e incluso mandarlo grabar en su plato de plata.
   
No mucho después, un cortesano intrigante y ambicioso concibió la idea de dar muerte al rey, y para ello sobornó al cirujano real con la promesa de nombrarle primer ministro si introducía en el brazo del rey una aguja emponzoñada que le ocasionara la muerte.
   
Llegó el momento en que fue necesario extraerle sangre al rey, para llevar a cabo unos análisis. Como precaución, por si algo de sangre se derramaba, hizo el rey que se colocara, debajo de su brazo, el plato de plata en el que estaba grabado el consejo del ermitaño.
   
El cirujano no pudo evitar leer: “Nunca comiences nada sin haber pensado cuál será el fin de lo que hagas”. Después de leer esto, el cirujano se dio cuenta de que si hacía lo que el palaciego le proponía, y éste ascendía al trono, le faltaría tiempo para mandarlo ejecutar sin nombrarlo primer ministro.
   
Advirtió entonces el rey que el cirujano temblaba y se mostraba perplejo. Y, como era de esperar, le preguntó cuál era la causa. Confesó inmediatamente el cirujano, y el rey salvó su vida.
   
El autor del complot fue apresado y el rey preguntó a los nobles y cortesanos que estuvieron presentes en el momento en que el monje sabio formuló su consejo:

— ¿Todavía os reís del consejo de aquel hombre sabio?

EL MAL PRODUCE MAL.

POPULAR ÁRABE.

Una vez un eremita caminaba por un lugar desierto, cuando  llegó a una enorme cueva, cuya entrada no era fácilmente visible. Decidió descansar dentro de ella y entró. 

 

Sin embargo, pronto notó un brillante reflejo de la luz sobre una enorme cantidad de oro. En cuanto tomó conciencia de lo que había visto, el eremita comenzó a correr huyendo lo más rápido que pudo.
   
En ese lugar del desierto había tres ladrones, quienes pasaban mucho tiempo allí con la intención de robar a los viajantes. Poco tiempo después, el hombre piadoso tropezó con ellos. Los ladrones se sorprendieron y hasta se alarmaron viendo a un hombre correr sin que nadie lo persiguiera. Salieron de su escondite y lo detuvieron preguntándole qué sucedía.

 
 
— Estoy huyendo, hermanos, del diablo que me está persiguiendo.
Los bandidos no podían ver a nadie que persiguiera al devoto y dijeron:
   
— Muéstranos qué tienes detrás de ti.
   
— Lo haré –dijo, ya que lo atemorizaban, y los condujo hacia la cueva, y al mismo tiempo les rogó que no se acercaran a ella.
   
Para entonces, por supuesto, los ladrones estaban muy interesados e insistieron en que querían ver el motivo de tal alarma.
   
— Aquí está la muerte que me perseguía.
   
Los ladrones estaban, por supuesto, encantados. Naturalmente consideraron al ermitaño un loco y lo dejaron ir mientras se felicitaban por su buena suerte. Los ladrones empezaron a discutir acerca de qué había que hacer con el botín, ya que temían que se lo robarían si lo dejaban otra vez en la cueva.
   
Finalmente decidieron que uno de ellos tomaría un poco de oro y lo llevaría a la ciudad donde lo cambiaría por comida y otras necesidades y luego procederían a la división del botín.
   
Uno de los rufianes se ofreció voluntariamente para realizar esta misión. Pensó para sí mismo; “Cuando llegue a la ciudad podré comer todo lo que quiera; luego envenenaré el resto de la comida, así morirán los otros dos y de esa manera el tesoro será mío.”
   
Sin embargo, durante su ausencia los otros dos también habían estado pensando. Había decidido que en cuanto el pillo regresara lo matarían, comerían su comida y dividirían el botín en dos partes en lugar de tres.
   
En el instante en que el pillo regresó a la cueva con las provisiones, los otros dos cayeron sobre él y lo apuñalaron hasta matarlo. Luego comieron toda la comida y murieron a causa del veneno que su compañero había comprado y echado dentro de ella.
 
   

De esta manera, aquel tesoro realmente había significado la muerte, como lo había anunciado el eremita, para quienes se habían dejado influenciar por él, y el tesoro permaneció donde estaba, en la cueva, por mucho tiempo.

EL CÁNTARO.

CUENTO DE BURUNDI.

Cuando el 13º hijo vino al mundo (los otros 23 ya habían muerto), Papá y Mamá Mocambi se miraron el uno al otro estupefactos. En efecto, no era un niño como los otros. Era un Cántaro.

 
 ¿Qué hacer? No podía ser otra cosa más que un cataclismo, aquel utensilio, aquel hijo.

Decidieron marcharse todos, padre, madre, abuelos, domésticos; abandonaron la casa, dejando dentro a aquel monstruo indeseado. Pero el Cántaro, pobrecito, los seguía rodando y gritaba:

— ¡Papá y mamá del Cántaro, esperad a vuestro Cántaro!

Cuanto más gritaba, más corrían los otros, hasta que una ráfaga de viento agarró al Cántaro transportándolo al corazón de la floresta. 

La familia creyéndose liberada para siempre de aquella pesadilla, pidió asilo al príncipe de la región.

Ahora bien, sucedió que muchos años después, el príncipe pasó precisamente por aquella floresta y descubrió entre las zarzas al Cántaro abandonado.



— ¡Qué bello es! –exclamó, y lo hizo llevar al palacio para adornar el salón de entrada.
Sucedió entonces un hecho extraño.

Cada vez que el Cántaro quedaba solo aparecía de repente una graciosa niña, que enseguida se preparaba para barrer, quitar el polvo y poner en orden el palacio. De manera que los siervos encontraban ya el trabajo hecho.

La cosa fue descubierta por el Príncipe que, sin decirlo, se enamoró inmediatamente de una criatura tan rara y preciosa.

— ¡Sal del reino de los muertos y entra en el de los vivos! –le dijo; después la hizo sentarse en el trono junto a sí, para que fuese su esposa.

También la familia Mocambi fue llamada a rendirle honor.

Pero ella, volviendo de nuevo a esconderse en su Cántaro, empezó a gritar:

— ¡Papá y Mamá del Cántaro, esperad a vuestra hija!

Después, saliendo fuera añadió:

— Nunca volváis a abandonar a un hijo vuestro: es un ser humano que tiene que ser tratado como los otros. ¡Aquel que a vosotros os parece un Cántaro, puede contener dentro una Reina.

EL JOVEN CANGREJO.

 GIANNI RODARI.



Un joven cangrejo pensó: “¿Por qué todos los miembros de mi familia caminan hacia atrás? Quiero aprender a caminar hacia delante, como las ranas, y que se me caiga la cola si no lo consigo”.

Empezó a entrenarse a escondidas, entre las piedras de su arroyuelo nativo, y los primeros días le costaba muchísimo trabajo lograrlo.

 Chocaba contra todo, se magullaba la coraza y una pata se le enredaba con la otra. pero las cosas fueron mejorando lentamente, porque todo puede aprenderse cuando se desea de veras.

Cuando estuvo bien seguro de sí mismo, se presentó ante su familia y les dijo:


- Fijaos.
Y dió una magnífica carrerilla hacia delante.

- Hijo mío -dijo llorando la madre, ¿has perdido el juicio? Vuelve en ti y camina como te han enseñado tu padre y tu madre; camina como tus hermanos, que tanto te quieren.

Sus hermanos no obstante, se tronchaban de risa.

El padre se lo quedó mirando un rato severamente, y luego dijo:
- ¡Ya basta! Si quieres quedarte con nosotros, camina como todos los cangrejos. Si quieres hacer lo que te parezca, el arroyo es bastante grande. Vete y no regreses más.

El buen cangrejo quería a su familia, pero estaba convencido de que tenía la razón. Abrazó a su madre, saludó a su padre y a sus hermanos y se marchó.

Su paso despertó inmediatamente la sorpresa de un grupo de ranas que, como de buenas comadres, se habían reunido en torno a una hoja de nenúfar para charlar.

- El mundo va al revés -dijo una rana-. Mirad a aquel cangrejo y decidme si me equivoco.

- Ya no hay educación -dijo la otra rana.
- Vaya, vaya -dijo una tercera.

Pero, todo hay que decirlo, el cangrejo continuó adelante por el camino que había escogido. En cierto momento oyó que le llamaba un viejo cangrejote de expresión melancólica, que estaba solitarios junto a un guijarro.



- Buenos días -dijo el joven cangrejo.
El viejo le observó atentamente y luego le preguntó:

- ¿Qué te crees que estás haciendo? También yo, cuando era joven, pensaba enseñar a caminar hacia adelante a los cangrejos. Y mira lo que he conseguido: vivo solo y la gente se cortaría la lengua antes de dirigirme la palabra. Mientras estés a tiempo de hacerlo, hazme caso: resígnate a caminar como los demás y un día me agradecerás el consejo.

El joven cangrejo no sabía que responder y no dijo nada. Pero pensaba: “Yo tengo la razón”.

Y después de saludar atentamente al viejo, volvió a emprender de nuevo su camino orgullosamente.

¿Llegará muy lejos? ¿Tendrá suerte? ¿Logrará enderezar todas las cosas torcidas del mundo? Nosotros no lo sabemos, porque está todavía caminando con el coraje y la decisión del primer día. Sólo podemos desearle, de todo corazón: ¡Buen viaje!

EL TRATANTE DE CABALLOS.

POPULAR DE TURQUESTÁN.

La gente de Turquestán es famosa por su generosidad, el respeto que se tienen a sí mismos y su afición a los caballos.

 

Cierto habitante de este país, llamado Anwar, poseía un hermoso caballo, ágil y de garantizado pedigrí; todos lo codiciaban, pero él se negaba a venderlo, por alto que fuera el precio que le ofrecieran.

Reiteradamente, un amigo suyo tratante en caballos, llamado Yakub, le visitaba con la esperanza de conseguir que se lo vendiera. Pero él declinaba siempre aceptar sus ofertas.

Un día, habiendo oído decir que Anwar atravesaba una época difícil, y que disponía de muy escasos medios, Yakub se dijo:

— Esta es mi oportunidad. Iré a verle una vez más, y, en esta ocasión, estoy seguro de que se desprenderá del caballo, porque es tan valioso que, con su venta, recuperará su buena posición económica.

Y no perdió tiempo. Entró en su casa. Como era costumbre en el país, Anwar dio la bienvenida a Yakub y, antes de ocuparse de negocios, él tuvo que dar a su visitante muestras de su hospitalidad como dueño de la casa. Le sirvió una suculenta comida, y la compartieron con verdadero deleite. Cuando por fin Yakub pudo hablar del objeto de su visita, el paupérrimo Anwar respondió:

— Ya no es posible que mantengamos discusión alguna sobre el negocio de la venta del caballo. Lo primero es la hospitalidad. Y puesto que me visitaste en mi pobreza y mi obligación era agasajarte, tuvimos que matar al caballo para obtener alimentos y de esa manera resolver mis deberes como anfitrión.

miércoles, 21 de agosto de 2013

LA ROSA.

El poeta Rainer María Rilke vivió muchos años en París. En compañía de una amiga francesa iba todos los días a la Universidad por una calle muy frecuentada.

Allí, en un rincón, encontraba sin falta a una pobre mendiga que pedía limosna a los viandantes.

 
 La viejecita, como una estatua sentada en su nicho habitual, permanecía inmóviel, tendida la mano y fijos los ojos en el suelo.

Rilke, el poeta, nunca le daba nada, al contrario que su compañera que casi siempre solía dejar caer en su mano alguna moneda.

Un día la joven francesa, maravillada por la actitud del poeta, le preguntó:

-¿Por qué no le da nunca nada a esa pobrecilla?

-Creo que hemos de darle algo a su corazón, no a sus manos, respondió el poeta.

Al día siguiente, Rilke llevó una espléndida rosa entre abierta, la puso en la mano de la mendiga e hizo ademán de continuar.

Entonces sucedió algo inesperado: la mendiga alzó los ojos, miró al poeta, se levantó del suelo con mucho trabajo, tomó la mano del hombre y lo besó. Acto seguido, se fue, estrechando la rosa contra su pecho.

Nadie la volvió a ver durante toda la semana. Pero ocho días después, la mendiga de nuevo apareció sentada en el mismo rincón de la calle. Inmóvil y silenciosa como siempre.

-¿De qué habrá vivido esta mujer en estos días en que no recibió nada -inquirió la joven francesa.

-De la rosa- respondió el poeta.