miércoles, 11 de septiembre de 2013

EL ESPEJO.

                         Un día descubrió satanás un modo de divertirse.
 
                 Inventó un espejo diabólico con una propiedad mágica; en él se veía feo y mezquino todo cuanto era bueno y hermoso y, en cambio, se veía grande y detallado todo lo que era feo y malo.

                Satanás iba por todas partes con su terrible espejo. Y todos cuantos se miraban en él se horrorizaban: todo parecía deforme y monstruoso.

                El maligno se divertía de lo lindo con su espejo. Cuanto más repugnantes eran las cosas más le gustaban.

               Un día le pareció tan delicioso el espectáculo que a sus ojos le ofrecía el espejo que se desternilló de risa. Se rió tanto, tanto que el esjeo se le fue de las manos y se hizo trizas, partiéndose en millones de pedazos.
 
               Un huracán, potente y perverso, desperdigó por todo el mundo los trozos del espejo. Algunos trozos eran más pequeños que un granito de arena y penetraron en los ojos de muchas personas. Estas personas empezaron a ver todo al revés: sólo percibían lo que era malo de manera que sólo veían maldad por todas partes.

               Otras esquirlas se conviertieron en cristales para lentes. Las personas que se ponían esas gafas nunca lograban ver lo que era justo ni juzgar con rectitud.

               ¿No os habéis encontrado, acaso, con hombres de esa laya? Algunos trozos de espejo eran tan grandes que se usaron para las ventanas.

               Los pobrecillos que miraban a través de sus ventanas sólo veían gente antipática, que empleaba su tiempo en urdir el mal.

              Y así fue como apareció entre las personas el pesimismo, que es una deformación de la realidad.

sábado, 7 de septiembre de 2013

EL ESPEJO ESTROPEADO.


Mario era un niño listo y rico, que tenía de todo.
Como tenía de todo, sólo le llamaba la atención los objetos más raros y curiosos.

Un día pasó por una tienda y vio un espejo antiguo y convenció a sus padres para que se lo compraran.

Cuando llegó a casa y se vio reflejado en el espejo, sintió que su cara se veía muy triste. Delante del espejo empezó a sonreír y a hacer muecas, pero su reflejo seguía siendo triste. Extrañado, fue a comprar golosinas y volvió muy contento a mirarse otra vez en el espejo. Pero su reflejo seguía triste.

Consiguió todo tipo de juguetes, pero aún así no dejó de verse triste en el espejo.

Decepcionado abandonó el espejo en un rincón, pensando que el espejo estaba estropeado.
Esa misma tarde salió a la calle para jugar pero yendo hacia el parque, se encontró con un niño pequeño que estaba solo y lloraba tristemente.

Mario se acercó al niño pequeño que le contó que se había perdido de su papá y de su mamá, y juntos se pusieron a buscarlos.
Tras mucho caminar, terminaron encontrando a los padres del pequeño, que estaban muy preocupados.

Mario volvió a su casa, al llegar a su habitación, vio un brillo especial que salía del rincón en que abandonó el espejo.
Al mirarse, se descubrió a sí mismo radiante de alegría, iluminando la habitación entera.

Entonces comprendió el misterio de aquel espejo, solamente reflejaba la verdadera alegría. Mario se sentía verdaderamente feliz de haber ayudado a aquel niño.

EL ESPEJO.

 

Había una vez en Japón, hace muchos siglos, una pareja de esposos que tenía una niña. El hombre era un samurai, es decir, un caballero: no era rico y vivía del cultivo de un pequeño terreno. La esposa era una mujer modesta, tímida y silenciosa que cuando se encontraba entre extraños, no deseaba otra cosa que pasar inadvertida.
   
Un día es elegido un nuevo rey. El marido, como caballero que era, tuvo que ir a la capital para rendir homenaje al nuevo soberano. Su ausencia fue por poco tiempo: el buen hombre no veía la hora de dejar el esplendor de la Corte para regresar a su casa.
   
A la niña le llevó de regalo una muñeca, y a la mujer un espejo de bronce plateado (en aquellos tiempos los espejos eran de metal brillante, no de cristal como los nuestros). La mujer miró el espejo con gran maravilla: no los había visto nunca. Nadie jamás había llevado uno a aquel pueblo. Lo miró y, percibiendo reflejado el rostro sonriente, preguntó al marido con ingenuo estupor:
   
— ¿Quién es esta mujer?
   
El marido se puso a reír:
   
— ¡Pero cómo! ¿No te das cuenta de que este es tu rostro?
   
Un poco avergonzada de su propia ignorancia, la mujer no hizo otras preguntas, y guardó el espejo, considerándolo un objeto misterioso. Había entendido sólo una cosa: que aparecía su propia imagen.
   
Por muchos años, lo tuvo siempre escondido. Era un regalo de amor; y los regalos de amor son sagrados.
  
Su salud era delicada; frágil como una flor. Por este motivo la esposa desmejoró pronto: cuando se sintió próxima al final, tomó el espejo y se lo dio a su hija, diciéndole:
   
— Cuando no esté más sobre esta tierra, mira mañana y tarde en este espejo, y me verás. Después expiró. Y desde aquel día, mañana y tarde, la muchacha miraba el pequeño espejo.
   
Ingenua como la madre, a la cual se parecía tanto, no dudó jamás que el rostro reflejado en la chapa reluciente no fuese el de su madre. Hablaba a la adorada imagen, convencida de ser escuchada.
   
Un día el padre la sorprende mientras murmuraba al espejo palabras de ternura.
   
— ¿Qué haces, querida hija?, le pregunta.
   
— Miro a mamá. Fíjate: No se le ve pálida y cansada como cuando estaba enferma: parece más joven y sonriente.
   
Conmovido y enternecido el padre, sin quitar a su hija la ilusión, le dijo:
   
— Tú la encuentras en el espejo, como yo la hallo en ti.

viernes, 6 de septiembre de 2013

EL ADIVINADOR.

Cuento Árabe.
 
El emperador El-Ghazna paseaba un día con el sabio Ahmad. El sabio gozaba de la reputación de ser capaz de leer el pensamiento ajeno, y el emperador había tratado de que el sabio hiciese ante él una demostración de su capacidad.

El sabio Ahmad había rehusado complacerle y el emperador había decidido recurrir a un ardid para que el sabio, sin darse cuenta, ejercitase en su presencia sus extraordinarias dotes de clarividencia.

— Ahmad –le dijo.
— ¿Qué señor?
— ¿Quién piensas que es ese hombre que está cerca de nosotros?
— Es un carpintero
— ¿Cómo se llama? –preguntó el emperador.
— Ahmad, igual que yo.
— Me pregunto si habrá comido algo recientemente.
— Sí, algo dulce.

Llamaron al hombre, el cual confirmó lo que el sabio había dicho.

— Tú –dijo el emperador- has evitado hacer una demostración de tus dones en mi presencia. ¿Te has dado cuenta de que yo te he forzado, sin que lo adviertas, a demostrar tu capacidad, y de que la gente haría de ti un santo si yo hiciera público el relato que ante mí has hecho? ¿Cómo es posible que sigas ocultando tu condición de hombre admirable y pretendas hacerte pasar por un hombre común, como otro cualquiera?

— Admito que puedo leer el pensamiento ajeno –aceptó Ahmad-, pero la gente nunca advierte cuándo lo hago. Mi dignidad y amor propio no me permiten ejercitar ese don con propósitos frívolos, y, por consiguiente, mi secreto permanece ignorado.

— Pero ¿admites que ahora mismo acabas de usar esos poderes?
— No, absolutamente, no.
— Entonces, ¿cómo has podido contestar acertadamente mis preguntas?

— Muy fácilmente, señor. Cuando tú me llamaste por mi nombre, ese hombre volvió la cabeza, lo cual me indicó que se llamaba como yo. Deduje que era carpintero, porque en este bosque sólo dirigió su mirada a los árboles aprovechables. Y sé que acaba de comer algo dulce, porque le vi espantar las abejas que trataban de posarse en sus labios. ¡Lógica, señor, no dones ocultos!

LOS LIBROS SAGRADOS.

CUENTO ZEN.

                  Tetsugen, un alumno de Zen, asumió un tremendo compromiso: imprimir siete mil ejemplares de los libros sagrados, que hasta entonces sólo podían conseguirse en chino.

             Viajó a lo largo y ancho del Japón recaudando fondos para su proyecto. Algunas personas adineradas le dieron dinero hasta cien monedas de oro, pero el grueso de la recaudación lo constituían las pequeñas aportaciones de los campesinos. Y Tetsugen expresaba a todos el mismo agradecimiento, prescindiendo de la suma que le dieran.

            Al cabo de diez largos años viajando de aquí para allá, consiguió recaudar lo necesario para su proyecto. Justamente entonces se desbordó el río Uji, dejando en la miseria a miles de personas. Entonces Tetsugen empleó todo el dinero que había recaudado en ayudar a aquellas pobres gentes.

           Luego comenzó de nuevo a recolectar fondos. Y otra vez pasaron varios años hasta que consiguió la suma necesaria. Entonces se desató una epidemia en el país, y Tetsugen volvió a gastar todo el dinero en ayudar a los enfermos, salvándolos de la muerte.

           Una vez más, volvió a empezar de cero, y, por fin, al cabo de veinte años, su sueño se vio hecho realidad.

            Las planchas con que se imprimió aquella primera edición de los libros sagrados se exhiben actualmente en el monasterio Obaku, de Kyoto.

           Los japonenes cuentan a sus hijos que Tetsugen sacó, en total, tres ediciones de los libros sagrados, pero que las dos primeras son invisibles y muy superiores a la tercera.

martes, 3 de septiembre de 2013

COMO FUERON ENGAÑADOS LOS MALOS HIJOS.

ANÓNIMO HINDÚ.

 

Un hombre muy rico, creyendo que estaba a punto de morir, llamó a sus hijos y dividió entre ellos sus propiedades. Sin embargo, no murió, y al levantarse de la cama se encontró con que sus hijos ya no lo querían, ni tenían con él las delicadezas de antes, cuando todos esperaban conseguir mayor parte de su fortuna.

Todos lo trataban mal, y no se recataban para decir que deseaban que muriese lo más pronto posible, ya que su vida sólo originaba gastos y molestias.

El pobre hombre no cesaba de llorar, y un día se encontró con un viejo amigo, a quien contó lo que le ocurría. El amigo, conmovido por lo que acababa de oír, prometió hallar una solución a aquel estado de cosas.

En efecto, la encontró y a los pocos días llegó con gran pompa a la casa de su amigo, seguido de diez criados que eran portadores de unos pesados sacos llenos de piedras.

Cuando estuvieron solos, el amigo dijo:

-Te he traído estas piedras para engañar a tus hijos. Cuando me marche vendrán a ver lo que te he traído. Diles que he venido a pagarte una deuda muy antigua, y que eres más rico que antes. Ya verás cómo todos se desviven por ti. Volveré dentro de algún tiempo para ver cómo van las cosas.

Cuando, transcurridos unos meses, volvió el amigo, encontró al viejo rodeado de sus hijos, que todos a una se desvivían por él. Y así siguieron haciéndolo hasta que murió, descubriendo entonces el engaño, que tenían bien merecido.

EL CHACAL Y EL COCODRILO.

ANÓNIMO HINDÚ.

 

Érase una vez un pequeño y astuto chacal que muy hambriento rondaba por la orilla del gran río en busca de algún pececillo o cangrejito con que alimentarse.

Pero en el fondo del río vivía un enorme cocodrilo, que también estaba hambriento y que, escondido entre el barro y las cañas, espiaba al chacal en espera de que en cualquier momento diese un paso en falso y cayera al agua para comérselo.

En varias ocasiones a punto estuvo el chacal de meterse precisamente en la boca del cocodrilo, pero valiéndose de su astucia logró salvarse del mortal peligro.

Entonces, temeroso de ser engullido por el feroz cocodrilo, el chacal decidió irse a pescar a otro lugar del río, donde no estuviera bajo la constante amenaza del saurio. Pero éste, muerto de hambre y loco de rabia al ver que se le escapaba tan rico bocado, determinó salir del río e ir en busca de la guarida del chacal para vengarse de él. Y ésa fue su perdición, porque enterado el astuto chacal de que el cocodrilo aguardaba en el interior de su madriguera para comérselo, encendió una enorme hoguera a la entrada hasta que el enemigo, impotente para franquear la barrera de llamas, quedó reducido a un montón de cenizas.

El elemento propio da fuerza y confianza; salirse de él es un riesgo imprudente.