lunes, 9 de diciembre de 2013

ROMPER LAS OLLAS Y HUNDIR LAS NAVES.


Romper las ollas y hundir las naves

Hace más de 2.200 años, se desató una rebelión campesina contra la dominación de la dinastía Qin, la primera dinastía feudal de China. Xiang Yu, líder de la insurrección, con sus ocho mil seguidores, combatía en las zonas del curso inferior del río Huaihe. En una ocasión, Xiang Yu ordenó a todos sus seguidores a cruzar el río Zhanghe para atacar a dos mil soldados de la dinastía Qin comandados por el general Zhang Hang.
Barco chino
Después de atravesar el río, Xiang Yu dio la orden de que cada soldado tenía que llevar consigo comida suficiente para tres días, y después romper todas las ollas y hundir todos sus barcos. Ante tales instrucciones, los soldados preguntaron:
- ¿Por qué hemos de destruir los barcos?, ¿cuál será nuestra salida?
- La orden del comandante tiene que ser cumplida – dijo Xiang Yu a sus combatientes-.
- Ahora, sin ollas ni barcos, podremos luchar y avanzar. Retirarnos sería la muerte.

Los de Xiang Yu, privados de toda posibilidad de supervivencia, lucharon heroicamente contra el enemigo hasta derrotar a los dos mil soldados de la dinastía Qin.
Esta batalla dio gran fama a Xiang Yu, y veinte siglos han pasado desde que se originó este proverbio, pero aún hoy, los chinos lo utilizan para expresar la férrea determinación de hacer algo.

Fuente: cuento popular chino

LA MUERTE DEL PRÍNCIPE.

El príncipe está enfermo, el príncipe se va a morir.
En todas las iglesias del reino, el Santísimo Sacramento permanece expuesto día y noche, grandes velones permanecen encendidos para invocar la curación del niño real.


Las calles están vacías y silenciosas, las campanas han dejado de tocar, los carruajes van al paso… En todo el palacio real hay alboroto… Los chambelanes y mayordomos suben y bajan por las escaleras de mármol… Pajes y cortesanos van de un grupo a otro recogiendo noticas… Las damas de la Corte se enjugan los ojos con pequeños pañuelos de seda… Los médicos intercambian opiniones con gran preocupación, agitando las largas mangas negras e inclinando las pelucas imponentes.
Al mismo tiempo, allá abajo, hacia las caballerizas, resuena incesante un lamentable relincho. Es el caballo del príncipe, olvidado por todos, que espera inútilmente su jinete.


¿Y el Rey? ¿Dónde está su Majestad el Rey?… Se ha encerrado solo en una habitación al fondo del palacio. A los soberanos no les gusta que los vean llorar. Pero en cuanto a la Reina, la cosa es distinta… Sentada a la cabecera de su niño, llora delante de todos como una mujer cualquiera. En su pequeña cama de encajes, el Delfín parece dormir. Pero no es así. Se da la vuelta hacia su madre, y viendo que llorar, le dice:
— Majestad, mi madre ¿por qué llora? ¿Entonces cree que yo deba morir?
La Reina intenta responder, pero los sollozos le aprietan la garganta.
— ¡Entonces no llore, mi madre Reina! ¡Olvida que yo soy el Delfín, y que los Delfines no pueden morir así!
La Reina solloza más fuerte todavía, y el príncipe empieza a tener miedo.
— ¡Alto ahí!, dice, ¡no quiero que la muerte venga por mí, ya sabré impedirle acercarse! ¡Haga venir enseguida cuarenta escuderos, bien fuertes, para montarle la guardia alrededor de mi lecho! Y, ¡ay de la muerte, si tiene la osadía de acercarse a nosotros!
El príncipe al verlos aplaude. Reconoce a uno, y lo llama:
— ¡Loreno, Loreno! El soldado da un paso hacia el pequeño lecho. Te quiero mucho, sabes, viejo Loreno… Muestra tu sable… Si la muerte me quiere llevar, tú la matarás, ¿no es verdad?
Loreno responde:
— Sí, Monseñor.
Y dos gruesas lágrimas corrieron por sus rugosas mejillas.
En aquel momento, el capellán se acerca al príncipe y le habla por largo rato en voz baja, mostrándole un crucifijo. El Delfín lo escucha con aires de extrañeza, después lo interrumpe de golpe:
— Entiendo lo que me dice, señor Abad, pero después de todo, ¿quizás mi amigo Beppo aceptaría morir en mi lugar, dándole mucho dinero?
El capellán continúa hablándole en voz baja, y el príncipe toma, cada vez más, un aire de extrañeza. Cuando el prelado ha terminado, le dice con un suspiro:
— Todo esto es muy triste, señor Abad. Pero hay una cosa que me consuela. Allá arriba, en aquel Paraíso de estrellas, yo será siempre el Delfín… Sé que el buen Dios es mi primo, y no puede dejar de tratarme según mi rango…
Y volteándose hacia su madre:
— ¡Tráigame enseguida mis trajes más bellos, el chaleco de armiño y loa zapatos de terciopelo! ¡Quiero presentarme elegante ante los ángeles, quiero entrar en el Paraíso vestido de Delfín!


Por tercera vez, el capellán se inclina hacia el Príncipe y le habla por largo rato en voz baja… Pero de repente el niño real lo interrumpe con ira:
— Pero entonces –exclama, ¿ser Delfín no significa nada?
Alfonso Daudet

EL CABALLO.

Un muchacho tenía un hermoso caballo del que se sentía orgulloso.
 
Un día, el caballo se escapó y por más que lo buscó, no pudo encontrarlo. La familia estaba desolada.

A los pocos días el caballo apareció acompañado de una preciosa yegua. La desgracia se convirtió en felicidad y el muchacho estaba loco de alegría, pero el padre le advirtió:

"No seas idiota y no te alegres tanto".

Al día siguiente, al montar al caballo, el hijo cayó de él y se rompió una pierna. La felicidad se volvió en desgracia.
 
Al poco tiempo estalló la guerra y todos los muchachos del pueblo fueron movilizados; todos menos el muchacho cojo que fue declarado inútil.

La mayor parte de los jóvenes murieron en el campo de batalla y sólo se salvó el joven campesino debido a su cojera.

La desgracia se volvió felicidad.

LA BARRA DE HIERRO.

Li Bai fue un famoso poeta de la Dinastía Tang, pero de niño no fue precisamente muy buen estudiante ya que siempre estaba fuera de su casa jugando.
Cierto día en que salió a jugar fuera de su casa, pasó cerca de un río donde vio a una anciana que estaba frotando una barra de hierro contra una gran roca, y Li Bai extrañado, le preguntó:
— Señora, ¿qué está haciendo?
   
La anciana siguió frotando sin mirarlo y le contestó:
   
— Me estoy haciendo una aguja para coser.
   
Li Bai visiblemente extrañado respondió:
   
— ¡Pero, si es una barra de hierro! ¿Esto puede convertirse en una aguja?
 
  
La anciana le miró sonriendo y le dijo:
   
— Si hoy lo froto, mañana lo froto y lo hago así durante algún tiempo, la barra se irá haciendo más fina cada vez, hasta convertirse en una aguja,
   
Tras oír a la anciana, Li Bai pensó:
  
“Es verdad, pues si haces un trabajo cada día y lo continúas hasta el final, habrá un momento en que lo sabrás hacer bien”.
   
Tras esta experiencia, Li Bai comenzó a estudiar y a aplicarse mucho más, llegando a ser un gran poeta.
   
Actualmente esta experiencia se ha convertido en un dicho chino que dice:
   
“Cuando se profundiza en las cosas, se puede hacer de una barra de hierro, una fina aguja”.


Popular chino

LA PRISA ES MALA CONSEJERA.

— ¿Cuántos años me costará llegar a ser Maestro, si trabajo duro? –preguntó un joven.
— El resto de tu vida, respondió el Maestro.
 
— No puedo esperar tanto tiempo, estoy dispuesto a todo para aprender más deprisa, ¿cuánto tiempo me costará si trabajo como su servidor en cuerpo y alma? –volvió a insistir el joven.
— ¡Oh, quizás diez años! –dijo el Maestro.
— Pero usted sabe que mi padre se está haciendo viejo, y pronto tendré que cuidar de él. ¿Cuántos años tardaré en aprender si trabajo más intensamente? –respondió el joven.
— Bueno… tal vez treinta años, contestó el Maestro.
— ¡Usted se burla de mí! –dijo irritado el muchacho-. Antes diez años, ahora treinta. Créame, haré todo cuanto usted desee y yo pueda para aprender su arte en el menor tiempo posible.
— Bien, en ese caso tendrás que quedarte sesenta años conmigo. Un hombre que quiere obtener resultados tan deprisa no avanza rápidamente –explicó el Maestro.
Popular chino

viernes, 6 de diciembre de 2013

LA ELECCIÓN DEL PINTOR.

El famoso Leonardo Da Vinci se había comprometido a pintar el fresco del frontal del refectorio del convento de Santa María de las Gracias en Milán. Un gran mural que representaría la Última Cena de Jesús con sus apóstoles.



Quería hacer de aquel fresco una obra maestra y por ello trabajaba con calma y atención. A pesar de la impaciencia de los frailes del convento, el cuadro avanzaba muy lentamente.

Para el rostro de Jesús, Leonardo había buscado durante meses un modelo que reuniera todos los requisitos necesarios: un rostro que expresara fuerza y dulzura a la vez, espiritualidad y una intensidad luminosa…

Por fin dio con él y prestó a Jesús el rostro de Agnello, un joven abierto, limpio y hermoso, que había encontrado por la calle.





Un año más tarde, Leonardo empezó a dar vueltas por los barrios de mala fama de Milán y por las tabernas y tugurios más corrompidos de la ciudad. Necesitaba un modelo para el rostro de Judas, el apóstol traidor.

Buscaba un rostro que expresase inquietud y desengaño, la caradura de un hombre dispuesto a entregar al mejor de los amigos.

Después de noches y noches entre bribones y truhanes de todo tipo, Leonardo encontró al hombre que necesitaba para plasmar su Judas.
Lo llevó al convento y se dispuso a copiar su retrato. En aquel momento vio en los ojos de aquel hombre el fulgor de una lágrima.
¿Por qué?-, le dijo Leonardo, clavando sus ojos en aquel rostro torvo.
Yo soy Agnello –murmuró el hombre. El mismo que le sirvió de modelo hace un año para el rostro de Cristo.

(Leyenda popular italiana)

CUATRO PRÍNCIPES REALES.

BRUNO FERRERO.

                 Cuatro príncipes querían especializarse en algo en lo que no hubiera nadie que pudiera igualarlos. Se dijeron uno a otro:

-Vamos a recorrer el mundo y a aprender la ciencia más difícil.

Así, los cuatro hermanos se pusieron de acuerdo en un sitio para volver a encontrarse después del viaje y se marcharon cada cual en distinta dirección.

                  Pasó el tiempo. Después de un año, un mes y un día los cuatro hermanos se encontraron en el lugar establecido y se preguntaron uno a otro las cosas nuevas que habían aprendido. El primero dijo:

                -Yo he aprendido una ciencia que me permite, con solo un hueso de un ser viviente, hacer brotar en el acto la carne que lo recubra.

               -Yo -dijo el segundo- sé cómo hacer crecer la piel de se ser e incluso hacerle brotar pelo, si el hueso se encuentra ya cubierto de carne.

               El tercero dijo: -Pues yo puedo crear sus miembros -manos y pies- si tengo los huesos, la carne y la piel.

              -Y yo -concluyó el cuarto- sé como darle vida a esa criatura, si se encuentra ya completa con todos sus miembros.

              Entonces los cuatro hermanos se dirigieron al bosque para buscar un trozo de hueso que les permitiera demostrar su respectiva habilidad. No fue difícil. A los pocos pasos encontraron un hueso y lo recogieron.

              No se preocuparon de saber a qué clase de animal pertenecía. Estaban tan embebidos en su ciencia que ni siquiera se les ocurrió pensar en ello.

              El primero hizo brotar la carne en el hueso; el segundo lo recubrió con piel y con pelo; el tercero lo completó con los miembros correspondientes y el cuarto dio via a... ¡un león! Agitando su espesa melena, la fiera dio un rugido, entreabrió sus fauces amenazadoras de colmillos afilados y saltó sobre sus creadores con las garras desenfundadas.

 

              Los mató a los cuatro y se perdió satisfecho en la jungla.