miércoles, 18 de diciembre de 2013

DICE EL CORAZÓN DE UN HOMBRE A SU PADRE DIOS.



Dice el corazón de un hombre a su Padre Dios

Agranda la puerta, Padre,
Puedo no pasar.
La hiciste para los niños,
yo he crecido a mi pesar.
Si no me agrandas la puerta,
Achícame por piedad.
Vuélveme a la edad bendita,
en que vivir es soñar.
(Miguel de Unamuno)

Epitafio de su tumba:

“Méteme, Padre, en tu seno,
misterioso hogar.
Dormiré allí,
pues vengo deshecho del duro bregar”.

ABRE TU CORAZÓN.



ABRE TU CORAZÓN

Un pintor de gran fama exponía sus cuadros en una sala importante, a la que acudió numeroso publico de autoridades, fotógrafos, periodistas, etc. Los temas eran variados: paisajes, retratos, bodegones, etc. También había algunos motivos religiosos. Un cuadro llamó poderosamente la atención y fue considerado la joya de la exposición. Se trataba de una impresionante figura de Jesús, llamando suavemente a la puerta de una casa. Parecía vivo. Atento agudizaba el oído por si alguien respondía.
Uno de los visitantes discrepó de los elogios que hacían del cuadro. Decía que estaba incompleto ya que la puerta no tenía ni cerradura ni tirador. Buscó al artista y le dijo: Su puerta no tiene aldaba ni cerradura. ¿Cómo se puede abrir? Así es, le respondió el pintor Esta puerta representa el corazón de hombre. Dios llama, pero sólo se abre por el lado de adentro.

UNA SONRISA AL AMANECER.

He aquí un testimonio impresionante de Raúl Follereau.
   
Se encontraba en una leprosería en una isla del Pacífico. Todo era como una horrible pesadilla: cadáveres ambulantes, rabia, desesperación, llagas y mutilaciones horribles.
   
Sin embargo, en medio de semejante tragedia, un anciano enfermo conservaba los ojos sonrientes y extrañamente luminosos. Tenía el cuerpo cubierto de llagas, como sus compañeros de infortunio, pero se mostraba apegado a la vida, con ilusión y esperanza y trataba con dulzura a los demás.
 
  
Curioso ante aquel milagro de vida en el infierno de la leprosería, Follereau intentó buscarle una explicación:
   
¿Qué es lo que podía dar tanta fuerza y ganas de vivir a aquel anciano minado por la enfermedad?
   
Lo espió sin hacerse notar. Descubrió que todos los días, al amanecer, el pobre enfermo se arrastraba hasta la verja que rodeaba la leprosería y se colocaba siempre en el mismo sitio. Se sentaba y se quedaba esperando. No aguardaba la salida del sol, ni el hermoso espectáculo del amanecer sobre el Pacífico.
   
No. Esperaba hasta que, al otro lado de la verja, aparecía una señora, anciana también, con el rostro cubierto de finísimas arrugas y los ojos llenos de dulzura. La mujer no hablaba. La mujer no decía una palabra. Le dirigía sólo un mensaje silencioso y discreto: una sonrisa.
   
ero el rostro del hombre se iluminaba y le respondía con otra sonrisa. El diálogo sin palabras –coloquio mudo- duraba sólo unos instantes; luego el viejo se incorporaba y regresaba alegre al pabellón de los enfermos.
   
Así un día y otro día, todas las mañanas. Una especie de comunión diaria. El leproso, alimentado y fortalecido con aquella sonrisa, podía soportar otra jornada de dolor solitarios y aguantar hasta la nueva cita con el rostro sonriente de aquella mujer.
   
Ante la pregunta de Follereau, el leproso le contestó:
   
— Es mi mujer –y tras un instante de silencio prosiguió-. Antes de que yo ingresara aquí, ella me curaba en secreto, con todos los remedios que encontraba. Un curandero le había dado una pomada. Ella todos los días me recubría toda la cara, excepto un pequeño espacio, lo suficiente como para colocar sus labios y darme un beso… Pero todo fue inútil. Luego me cogieron y me trajeron aquí. Ella me siguió. Y no la dejaron entrar. Por eso, cuando cada día vuelvo a verla, ella sola me hace sentirme vivo; sólo para ella me gusta seguir viviendo.

EL SOL Y LA NUBE.

El Sol viajaba por el cielo, alegre y glorioso, en su carro de fuego, despidiendo sus rayos en todas direcciones, con gran rabia de una nube de tempestuoso humor, que murmuraba:
- Despilfarrador, manirroto; derrocha, derrocha tus rayos, ya verás lo que te queda.


En las viñas, cada racimo de uva maduraba en los sarmientos. Robaba un rayo por minuto, incluso dos; y no había brizna de hierba, araña, flor o gota de agua que no tomase su parte.
- Deja, deja que todos te roben: verás de qué manera te lo agradecerán cuando ya no te quede nada que puedan robarte.
El Sol proseguía alegremente su viaje, regalando rayos a millones, a billones, sin contarlos.
Sólo en su ocaso contó los rayos que le quedaban, y, mira por dónde, no le faltaba siquiera uno. La nube sorprendida, se deshizo en granizo. El Sol se zambulló alegremente en el mar.

Gianni Rodari

miércoles, 11 de diciembre de 2013

A TRAVÉS DE UNA PEQUEÑA GRIETA.

Un día el diablo tuvo hambre. Tomó consigo un saco y decidió ir por almas. Naturalmente, deseaba un bocadillo apetitoso.
 

Se apostó pues, entre las hojas de un árbol, frente a la ventana de un hombre santo. Y esperó.
La jornada del santo hombre transcurría, en verdad, nítida como el cristal, entre oraciones, gestos de bondad, y sentimiento elevados. Ninguna imperfección. Ninguna concesión. Tanto que el diablo lo admiró.
Y su apetito creció.
En verdad, parecía que no había nada que hacer. Pero un día mientras estaba examinando aquella alma toda blanca, notó que también ella, como todas, tenía una pequeñísima grieta: a la puesta del sol, el santo hombre se asomaba a la ventana para mirar el sol que se escondía: y experimentaba un breve momento de melancolía. Esto le bastó al diablo. Concentró todos sus esfuerzos hacia aquel momento, lo excavó, lo dilató y, cuando se hizo un hueco profundo, derramó dentro todos sus enredos más eficaces: primero la angustia, después la amargura y por fin la desesperación.
De manera que no tuvo más que alargar la mano para hacer una gran comida.
Dino Semplici

LAS VUELTAS.

En una pequeña estación de un pueblo, un grupito de muchachos ofrecía a los viajeros pobres cartuchos de uvas.
“¡Uvas, uvas! ¡Cincuenta bolivares!”
Compré uno con un billete de cien.

“¡No tengo cambio” gritó asustado el muchacho vendedor.
El tren se mueve. “¡No tengo cambio!”, repitió él con alegría, corriendo junto al tren.
“¡Ten todo!” le grité.
Aquel me miró asombrado, se paró, y gritó de nuevo:
“¡No! ¡No!”
El tren corría ya; él podía quedarse con todo.
Pero entonces, he aquí que da una carrera desesperada, alcanza mi ventana, y una vez alcanzada me tira dentro otro cartucho de uvas:
“¡Gracias! ¡Ahí tiene las vueltas!”
De virtud en ejemplos

lunes, 9 de diciembre de 2013

LA EXTRAÑA ORACIÓN.

En cierta ocasión, un monje que viajaba a pie, llegó a la caída de la tarde a la casa de un campesino al que le pidió hospedaje.

 El campesino accedió a alojarlo y darle de comer con la condición de que le pagara su hospitalidad con un kito por el bienestar de su familia. (Un kito es una ceremonia religiosa que se realiza generalmente para pedir algún favor, reverenciar a los muertos, etc.). El monje estuvo de acuerdo.
Una vez que hubieron cenado, la mujer del campesino limpió a conciencia la sala principal de la casa, adornaron el altar familiar y en presencia de toda la familia el monje comenzó la ceremonia.
Empezó el monje a recitar seguido por toda la familia. Se acercó al altar y formuló el primer voto:

— ¡Que primero se muera el abuelo!
La familia sobresaltada creyó haber oído mal.
El monje volvió al altar, ofreció incienso y rezó…
— ¡Que después se muera el padre!
La campesina miraba horrorizada a su marido. El monje continuó:
— ¡Que luego se muera el hijo!
Y a continuación, después de prosternarse tres veces, concluyó:
— ¡Que finalmente se muera el nieto!
El campesino, aguantando a duras penas la indignación que sentía, increpó al monje con los ojos llenos de lágrimas:
— ¿Qué has hecho, mal hombre? ¿Así pagas mi hospitalidad? ¿Deseándome un cúmulo de desgracias? ¡No puedo comprenderlo!
Pero el monje, imperturbable, le respondió:

— Sólo he pedido para tu familia la paz y la felicidad: que la muerte se suceda según el orden natural de las cosas. ¿Es que prefieres que muera primero el nieto y el abuelo el último? ¿No sería esta la forma más segura de que tu familia se extinguiera? Seguir el orden de la naturaleza, el orden cósmico: primero el abuelo, luego el padre, a continuación el hijo y por último el nieto. ¿Es eso una desgracia para tu familia?
El campesino le dio al monje la mejor cama de la granja.

Cuento zen