jueves, 8 de agosto de 2013

EL PROFETA.

             Cuento oriental (adaptación)   

              El profeta gritaba con toda su voz en la gran plaza de la ciudad. Era decidido, prometedor... El país debía cambiar. Todos lo escuchaban boquiabiertos y lo seguían. Pero poco a poco empezó a gritar que ellos también debían cambiar sus costumbres. Su clientela empezó a disminuir, pero él seguía gritando; tan sólo unos poquitos... y él seguía gritando, hasta... quedarse solo, y él seguía gritando. Después de varios días, gritando en la gran plaza sin que nadie lo siguiera, alguien se acercó y le preguntó: 

 

-¿Para qué tantas voces si nadie te escucha? 

                 Y la voz del profeta sonó con más fuerza: "Si yo me hubiera callado, ellos me habrían cambiado a mí".

miércoles, 7 de agosto de 2013

LA BÚSQUEDA: ¿CUÁL ES TU PREGUNTA?

              Imberdis-Perrin.

                 Cierto día, un anciano ermitaño recibe la visita de un joven que viene a consultarle. El muchacho trae una pregunta que hacerle.
 
-Ya que sois un hombre de Dios - dice el visitante-, pedidle que se cumpla mi deseo: quiero ser rico, afortunado en el amor, disfrutar de una larga vida y poder humillar a los que me humillaron a mí, cuando era niño. Os pagaré lo que sea -añadió el joven, tras un breve silencio.
 
                El ermitaño ni le miró siquiera y el muchaco se fue, decepcionado e irritado.

                        Al cabo de cierto tiempo, volvió el joven adonde el ermitaño.

-Comprendo -dijo- que ni siquiera me mirarais cuando os pedí ser rico y afortunado en el amor, disfrutar de larga vida y vengarme de los que me hicieron daño. Eran unas peticiones muy egoístas. Pero hoy traigo un asunto más serio: ¿por qué tengo yo que morir?
 
                El ermitaño le miró, pero no dijo nada, y el joven se fue preocupado e irritado.

                De nuevo volvió adonde el ermitaño y dijo.

- ¿Por qué tengo yo que morir, siendo así que Dios es bueno? ¿Por qué hay hijos asesinados, pobres hambrientos y enfermos incurables? ¿Por qué existen la tenebrosidad del alma, y el dolor, y el crimen, y la muerte, si decís que Dios es bueno? Dadme una respuesta, os lo exijo.

 

               Pero no hubo respuesta.

-  Ya veo -dijo el joven- que consideráis necias y despreciables mis preguntas.

-Yo no he dicho tal cosa -replicó el ermitaño, pero sin añadir más. Y el joven se fue pensativo.

La próxima vez que volvió, empezó guardando silencio.

Entonces, quién habló fue el ermitaño:

-¿Qué es lo que deseas?

-¡Pero, cómo, si de sobra sabéis lo que deseo! -repuso el joven-. Lo que deseo es sabiduría y poder: deseo alcanzar el conocimiento, para así verme libre de la duda y la ansiedad; y deseo alcanzar el poder, para con él disfrutar de la vida y exaltar mi fuerza.



-Muy bien, -dijo el ermitaño-, todo deseo tiene su verdad. Ve y actúa, en conformidad con tu deseo.

              Pero el joven no se fue, permanecía allí en silencio.

-¿Qué quieres de mí? -le preguntó el ermitaño.

-Quisiera que me hicierais una pregunta, pues sé que sois un hombre sabio y que estáis próximo a las verdades profundas, que yo no alcanzo a comprender. Preguntadme para que, por lo menos, sepa dónde he de buscar.

 

-Así que -dijo el ermitaño- quieres comprender bien, pero con tal que se te haga una buena pregunta. De este modo, te verás libre de la duda y la ansiedad, y podrás disfrutar del camino.

                 El joven se fue, vivamente encolerizado.

                 La próxima vez que volvió adonde el ermitaño, dijo:

-Decidme una palabra de verdad y, ai al menos soy capaz de comprenderla, intentaré poner en práctica la verdad.



-Muy bien -dijo el ermitaño-, ahora es cuando voy a responder a tus preguntas. Voy a decirte en qué consiste la verdadera riqueza, el verdadero amor, la verdadera vida, el verdadero poder. Voy a explicarte cuál es la altura, la longitud, la anchura y la profundidad de la sabiduría de Dios.

-Pero ¿por qué me dais hoy lo que me negasteis no hace mucho? -preguntó el joven, sorprendido.

-Nunca te negué nada -le replicó el ermitaño. ¿Cómo podría haberte dado lo que entonces no querías?




lunes, 5 de agosto de 2013

EL HACEDOR DEL BIEN.

Era de noche y estuvo Él solo. Y vio desde lejos las murallas de una vasta ciudad y se acercó a ella.
Y cuando estuvo muy cerca oyó el jadeo del placer, la risa de la alegría y el sonido penetrante de numerosos laúdes. Y llamó, y uno de los guardianes de las puertas le abrió.
Y contempló una casa construida con mármol y que tenía unas bellas columnatas de igual materia en su fachada, y sus columnatas estaban cubiertas de guirnaldas y dentro y fuera habla antorchas de cedro.
Y Él penetró en la casa.

Y cuando hubo atravesado el vestíbulo de calcedonia y el de jaspe y llegó a la gran sala del festín, vio acostado sobre un lecho de púrpura a un joven con los cabellos coronados de rosas rojas y con los labios rojos de vino.
Y se acercó a él, le tocó en el hombro, y le dijo:
-¿Por qué haces esta vida?

Y el joven se volvió y reconociéndole contestó: -Era yo leproso y tú me curaste. ¿Cómo iba yo a hacer otra vida?
Y él abandonó la casa y salió a la calle de nuevo.

Y algo más lejos vio una mujer con la cara pintada, y el traje de colores llamativos, y cuyos pies estaban calzados de perlas. Y detrás de ella caminaba un hombre, con el paso lento de un cazador y llevando un manto de dos colores. Y la faz de la mujer era bella como la de un ídolo y los ojos del joven centelleaban cargados de deseo.
Y Él le siguió rápidamente. Y tocándole en una mano, le dijo: -¿Por qué sigues a esa mujer y la miras de esa manera?
Y el joven se volvió, y, reconociéndole, respondió: -Era yo ciego y me devolviste la vista. ¿Cómo iba yo a mirarla de otra manera?
Y Él corrió hacia adelante, y tocando el vestido de colores chillones de la mujer, dijo: -Ese camino que sigues es el del pecado, ¿por qué lo sigues?
Y la mujer se volvió y le reconoció. Y le dijo riendo: -Me perdonaste todos mis pecados y este camino que sigo es agradable.
Entonces Él sintió su corazón lleno de tristeza y abandonó la ciudad. Y cuando salía de ella, vio por fin, sentado al borde de los fosos de la ciudad, a un joven que lloraba.
Y se acercó a él, y tocándole los rizos de sus cabellos, le dijo: -¿Por qué lloras? 

Y el joven alzó los ojos para mirarle, y reconociéndole, respondió: -Estaba yo muerto y me resucitaste. ¿Qué iba yo a hacer más que llorar?
https://www.youtube.com/watch?v=h0RVDyn4wkM (POEMA YOUTUBE)

domingo, 4 de agosto de 2013

LA CAMISA DEL HOMBRE FELIZ.

 

              Un gran marajá indio no era feliz. Sin embargo, tenía todo lo que un mortal puede desear: un palacio lujoso, riquezas en abundancia, esclavos a su disposición, distracciones renovadas incesantemente, mujeres que cambiaba varias veces por semana. A pesar de eso, no era feliz. Un día, fue en busca de su gran visir, y le preguntó qué debía hacer para ser feliz.

             -Nadie es feliz, le respondió el hombre.

             Insatisfecho, el marajá planteaba su problema a todos los que encontraba. Un sabio aceptó comprometerse y le dio su receta de la felicidad: "Tenéis que poneros la camisa de un hombre feliz, y llegaréis a serlo".

             Inmediatamente, el marajá envía a sus embajadores por toeo su reino con la misión de encontrar al hombre feliz y llevarse su camisa.

             Los enviados partieron hacia los cuatro puntos cardinales del reino e interrogaron a las gentes. Por todas partes la misma respuesta: No, no soy feliz...

            -No tengo más que un pedazo de tierra y no puedo alimentar a mi familia.

             -No estoy bien en mi pellejo; no estoy de acuerdo conmigo mismo.
             -Estoy terriblemente fastidiado, etc.

             Ricos y pobres, hombres y mujeres, adultos y niños, nadie era feliz.

             Los legados estaban a punto de desesperarse cuando, un día, uno de ellos descubrió, en el fondo de un macizo montañoso, una cueva en la que vivían unos "yoguis". Habían abandonado el mundo para dedicarse a las realidades divinas. No poseían nada y se alimentaban con un grano de arroz por día. Al primero a quien se acercó, el enviado le hizo la pregunta:

             -¿Eres feliz?

             -¿Yo? Completamente feliz, contestó.

             -Entonces, dame tu camisa al momento.

             Unos instantes el sabio fijó sobre el rostro del interlocutor su mirada profunda y transparente. Después dijo, con un gesto que indicaba una evidencia:

            -Muy gustoso te daría mi camisa. Pero ya hace tiempo que no la tengo...

Pierre Babin.


sábado, 3 de agosto de 2013

LA SOPA DE PIEDRA.

 

Cierto día, llegó a un pueblo un hombre y pidió por las casas para comer, pero la gente le decía que no tenían nada para darle. Al ver que no conseguía su objetivo, cambió de estrategia. Llamó a la casa de una mujer para que le diese algo de comer.

- "Buenas tardes, Señora. ¿Me da algo para comer, por favor?"

- "Lo siento, pero en este momento no tengo nada en casa", dijo ella.

- "No se preocupe - dijo amablemente el extraño -, tengo una piedra en mi mochila con la que podría hacer una sopa. Si Ud. me permitiera ponerla en una olla de agua hirviendo, yo haría la mejor sopa del mundo.
- ¿Con una piedra va a hacer Ud. una sopa? ¡Me está tomando el pelo!

- En absoluto, Señora, se lo prometo. Deme un puchero muy grande, por favor, y se lo demostraré”

La mujer buscó la olla más grande y la colocó en mitad de la plaza. El extraño preparó el fuego y colacaron la olla con agua. Cuando el agua empezó a hervir ya estaba todo el vecindario en torno a aquel extraño que, tras dejar caer la piedra en el agua, probó una cucharada exclamando:
- ¡Deliciosa! Lo único que necesita son unas patatas".

Una mujer se ofreció de inmediato para traerlas de su casa. El hombre probó de nuevo la sopa, que ya sabía mucho mejor, pero echó en falta un poco de carne.

Otra mujer voluntaria corrió a su casa a buscarla. Y con el mismo entusiasmo y curiosidad se repitió la escena al pedir unas verduras y sal. Por fin pidió: "¡Platos para todo el mundo!".

La gente fue a sus casas a buscarlos y hasta trajeron pan y frutas. Luego se sentaron todos a disfrutar de la espléndida comida, sintiéndose extrañamente felices de compartir, por primera vez, su comida.

Y aquel hombre extraño desapareció dejándoles la milagrosa piedra, que podrían usar siempre que quisieran hacer la más deliciosa sopa del mundo.

Moraleja: Con la cooperación se alcanzan resultados notables, aun cuando se parta de contribuciones pequeñas, o incluso insignificantes. Esta es la fuerza milagrosa que tiene el COMPARTIR. Cada uno podemos poner alguna de nuestras virtudes al servicio de los demás
y el resultado puede ser espectacular.

viernes, 2 de agosto de 2013

UN HIJO PRÓDIGO DE HOY.

ALFONSO FRANCIA.

 

                       Un padre tenía dos hijos. Un día le dijo el menor -16 años-.

-Necesito 600 euros. Quiero ir con unos amigos. No, no pongas esa cara. Sabes que, si no me las das, las buscaré por otra parte....

               El padre entendió enseguida que no había otra cosa que hacer. Con las manos temblándole y una voz muy tierna, le dijo:

-Toma, hijo, tú sabes que todo lo mío es tuyo y mucho cuidado con lo que haces.

              El padre sufrió mucho durante aquel mes. El hijo mayor constantemente le echaba en cara su debilidad. El dinero era también suyo y no veía con buenos ojos que su hermano se fuera a derrochar ese dinero con aquellos amigotes... El hijo no escribió ni una triste tarjeta. Naturalmente el padre sospechaba. Dormía y comía poco. Temía que, cualquier día, desde cualquier lugar, un telefonazo le comunicara algo raro, fatal. Ya veía él meses antes que su hijo estaba insoportable, hiriente, mordaz, irritable. "¿Habré hecho bien?, se preguntaba. ¿Lo habré perdido definitivamente, así, sin haber tenido una conversación en profunidad, sin saber lo que exactamente le pasaba? ¿No perderé también al mayor?". Todos los días veía la tele, esuchaba todas las noticias de la radio. Todo lo que se decía sobre los jóvenes le interesaba. Soñaba, soñaba mucho y tenía frecuentes pesadillas.

                 Un día recibió unas letras muy escuetas. Con su dirección y el ruego -casi mandato- de que le enviara otros 600 euros, que había hecho gastos extraordinarios y le habían robado la cartera. El padre se emocionó. Lloró. No se creyó nada. Sí, su hijo malgastaba eso y mucho más. El padre pensó en todos los vicios existentes imaginables. Los vecinos, la familia preguntaban ya por él, ¿qué contestar? Salía de apuros como podía...

               ¡Ay!, el día que volvió su hijo, le dio un vuelco el corazón. No importaba nada cómo viniera con tal de que volviera a su lado. Qué cara traía. Apenas hablaba. Estuvo unos días en casa como alma en pena. El padre ya sabía lo que eran las drogas y sus efectos. Lloró muy amargamente, pero al menos lo tenía con él. Un día lo abordó:

-Hijo, te encuentro mal, las cosas no pueden seguir así. Puedo buscar un médico, lo que quieras, pero es necesario que esto acabe.

              El hijo puso cara de compungido:

-No, papá, yo sé donde hay granjas que curan a los toxicómanos. Dame dinero y verás como vuelvo curado.

             El padre no vaciló. Lo abrazó y le dio el dinero... Qué dolor, cuando llegó a saber que su hijo ni siquiera había ido a aquella granja. Desesperado, no sabía qué hacer. Su hijo era una piltrafa. Lo abrazó; no le dijo nada. Lloraron los dos. El hijo mayor, salió dando un portazo, mascullando palabrotas y un "¡Ea!, puedes seguir gastando todo lo que ganamos con nuestro sudor para salvar a este degenerado. Entérate bien, papá. Lo que haces por él es hundirlo más. No le des ni un euro. Que pase hambre, que mendigue... Que robe como hacen los de su ralea, pero que no viva como una sanguijuela, chupándonos la sangre". El padre siguió ayudándole, gastando dinero en médicos, en granja, en droga, para que no tuviera que robar, esperando siempre que un día se curara. Estaba dispuesto a arruinarse, antes que perder a su hijo o permitir que tuviera que matar, ni siquiera herir a nadie, para poder tener su dosis. Pasaron años, se acabó el dinero, no la paciencia del padre. Su hijo menor fue muy lentamente saliendo de la droga. No pudo más que ayudar un poquitín a su padre. No soportaba más el seguir allí. Por eso, un día con pena, pero con decisión dijo:

-Lo siento, no sufras, papá, debo irme, pero no, no temas, debo irme a una granja, me siento obligado, debo ir a ayudar a otros que están como estaba yo...

jueves, 1 de agosto de 2013

DOS ERUDITOS.

KAHLIL GIBRAN 

 

Había en la antigua ciudad de Afkar dos eruditos que se odiaban entre sí y que cada uno despreciaba la sabiduría del otro, pues uno creía en la existencia de los dioses y el otro no.
 
   Un día se encontraron en la plaza del mercado y en medio de sus seguidores empezaron a discutir sobre la existencia o la no existencia de los dioses. Tras largas horas de apasionada disputa se fueron cada uno por su lado.

   Esa tarde, el incrédulo fue al templo, se arrodilló ante el altar y pidió a los dioses que le perdonaran su pasada impiedad.

   Y a la misma hora, el otro erudito que había defendido la existencia de los dioses, quemó todos sus libros sagrados, pues se había vuelto incrédulo.