Cuando llegaba un nuevo discípulo, este era el ´catecismo´a que solía someterle el Maestro:
"¿Sabes quién es la única persona que no habrá de abandonarte jamás en toda tu vida?"
"¿Quién?"
"Tú".
"¿Y sabes quién tiene la respuesta a cualquier pregunta que puedas hacerte?"
"¿Quién?"
"Tú".
"¿Y puedes adivinar quién tiene la solución a todos y cada uno de tus problemas?"
"Me rindo..."
"Tú".
El Maestro era partidario tanto del aprendizaje como de la Sabiduría.
"El aprendizaje", contestó cuando los discípulos le preguntaron, "se adquiere leyendo libros o asistiendo a conferencias".
"¿Y la Sabiduría?"
"Leyendo el libreo que cada uno es".
Y como si se le ocurriera de pronto, añadió: "Claro que no es una tarea fácil en absoluto, porque cada minuto del día supone una nueva edición del libro..."
"Lo malo de este mundo", dijo el Maestro tras suspirar hondamente, "es que los seres humanos se resisten a crecer".
"¿Cuándo puede decirse de una persona que ha crecido?", preguntó un discípulo.
"El día en que no haga falta mentirle acerca de nada en absoluto".
Cuando un hombre cuyo matrimonio funcionaba bastante mal acudió a él en busca de consejo, el Maestro le dijo: "Tienes que aprender a escuchar a tu mujer".
El hombre se tomó a pecho este consejo y regresó al cabo de un mes para decirle al Maestro que había aprendido a escuchar cada una de las palabras que decía su mujer.
Y el Maestro, sonriendo, le dijo: "Ahora vuelve a casa y escucha cada una de las palabras que ella no dice".
Un día, recordaba un discípulo cómo Buda, Jesús y Mahoma habían sido tachados de rebeldes y herejes por sus contemporáneos.
El Maestro dijo: "De nadie puede afirmarse que haya llegado a la cima de la Verdad mientras no le hayan denunciado por blasfemo mil personas sinceras".
Era imposible convencer al Maestro de que hablara de Dios o de las cosas divinas. "Sobre Dios", decía, "sólo podemos saber que lo que sabemos no es nada".
Un día hablaba de un hombre que se lo había estado pensando mucho tiempo antes de decidirse a engrosar el número de los discípulos. "Al fin vino a estudiar conmigo; y el resultado fue que no aprendió nada".
Sólo unos pocos de los discípulos comprendieron: Lo que el Maestro tenía que enseñar no podía ser aprendido. Ni siquiera enseñado. Por eso, lo que realmente se podía aprender de él se reducía a nada".
A un individuo dotado de auténtico espíritu emprendedor, pero al que desalentaban las frecuentes críticas que se le hacían, le dijo el Maestro: "Escucha las palabras del crítico, que te revelarán lo que tus amigos tratan de ocultarte."
Y añadió: "Pero no te dejes abrumar por lo que el crítico diga. Nunca se ha erigido una estatua en homenaje a un crítico. Las estatuas son para los criticados".