lunes, 19 de agosto de 2013

LAS CRÍTICAS.

CUENTO ZEN.

En cierta ocasión, un brahman celoso fue a ver a un sabio y, lleno de ira y resentimiento, comenzó a llenarle de improperios y a insultarle duramente.



El sabio lo escuchaba pacientemente, sin alterarse ni responder a los reiterados insultos que el brahman le dirigía.
Después de un buen rato el hombre se cansó de sus ataques verbales y se calló.
Entonces el sabio le preguntó:



— ¿Has terminado ya?
— ¡Sí! –respondió el hombre.
— ¿Recibes visitas en tu casa? –le preguntó el sabio.
— Sí, a menudo –contestó el hombre intrigado.
— Y, ¿le ofreces a tus visitantes comida y bebida? –indagó el sabio.
— ¡Desde luego! Esa es la costumbre –contestó el brahman.
— Y si la visita no las quiere, ¿qué haces?
— No me importa. La como y la bebo yo mismo –dijo el brahman.
Entonces el sabio le dijo al brahman:

 

— Eso mismo puedes hacer con tus críticas. Has sido muy amable al invitarme a tus críticas, pero yo no las quiero. No quiero compartirlas contigo, así que cógelas y cómetelas tú solo.
El brahman, avergonzado, no supo qué decir.

domingo, 18 de agosto de 2013

LA SERPIENTE.

POPULAR ORIENTAL.

Una vez un cazador pasaba por una cantera cuando vio una serpiente atrapada por una enorme piedra. Al verlo, la serpiente le pidió:
— Por favor, ayúdame, levanta la piedra.



   
El cazador respondió:
   
— No puedo ayudarte, pues seguramente me devorarás.
   
El reptil volvió a pedir ayuda, prometiendo que no comería al hombre. Entonces, el hombre liberó a la serpiente y ésta, inmediatamente, hizo un movimiento hacia él como para atacarlo.
 

   



— ¿No prometiste que no ibas a comerme si te dejaba ir? –preguntó el hombre.
   
La serpiente respondió:
   
— El hambre es el hambre.
   
— Pero –dijo el cazador-, si haces algo incorrecto, ¿qué tiene que ver el hambre con ello?

El hombre entonces sugirió que expusieran el asunto ante la opinión de otros. Se internaron en un bosque donde encontraron un perro. 
 
Le preguntaron si le parecía que la serpiente debía comer al hombre, y respondió:
   
— Una vez pertenecí a un hombre. Cazaba liebres y siempre me daba la mejor carne para comer. Pero ahora que soy viejo, y que no puedo atrapar ni una tortuga, él quiere matarme. Así como yo he obtenido mal a cambio de bien, eso es lo que la serpiente debe darte a ti. Declaro que te coma.
   
— Ya has oído su juicio –dijo la serpiente al hombre.
   
Pero decidieron que oirían tres opiniones y no una, así que continuaron su camino. Al poco rato, encontraron un caballo y le pidieron que juzgara el caso.
 

   
— Pienso que la serpiente debe comer al hombre –dijo el caballo.
   
Y continuó:
   
— Una vez tuve un amo. Él me alimentó mientras yo podía trabajar. Ahora que estoy débil y ya no puedo cumplir con mis tareas, desea matarme.
   
La serpiente dijo al hombre:
   
— Tenemos ahora a unanimidad de dos juicios.
   
Un poco más adelante, se cruzaron con un zorro.
 

  

El cazador dijo:
   
— Querido amigo, ¡necesito tu ayuda! Pasaba por una cantera cuando vi a esta enorme serpiente atrapada bajo una roca al borde de la muerte. Me pidió que la liberara; yo lo hice y, sin embargo, ahora quiere comerme.
   
El zorro respondió:
   
— Si tengo que dar mi opinión, volvamos al lugar de los hechos para ver la situación de manera más real.
   
Volvieron a la cantera, y el zorro pidió que la roca fuera colocada encima de la serpiente, para reconstruir los hechos. Así se hizo.
  
 Entonces, el zorro preguntó:
  
— ¿Era así como estabas?
   
— Sí –dijo la serpiente.
  
— Muy bien –dijo el zorro-. Así permanecerás el resto de tu vida.

viernes, 16 de agosto de 2013

CUENTO DE NAVIDAD.

Rev. Comunidades Cristianas (1976).

 

....Y tocaron las trompetas y Dios dijo: "Se acabó". Y toda la gente que aún vivía se dio cuenta de que era el fin.

...Y se pusieron todos a la cola, en la puerta de la otra vida, arreglándose el vestido, peinándose un poco y frotando los zapatos con disimulo porque era la hora del juicio y había que estar presentables.

Así que apareción San Pedro por la puerta leyendo a gritos su recado:

 

"Por orden... que manda... que pasen los pobres... los presos... los que tienen hambre...". Y seguían su cantinela hasta que terminó con un sonoro "y todos los oprimidooooos".

Una macabra caravana se fue formando, y, sin más trámite, entró en el cielo.

La fila quedó entonces mucho más vistosa. Todo lo sucio, lo feo, lo roto, lo desastrado había desaparecido, y los que quedaban se miraron sonrientes. Ahora vamos nosotros -pensaban todos-.
 

San Pedro, que había entrado a acompañar a los primeros, volvió a salir y, con cara de funcionario de ministerio, dijo: "Completo, ya no caben más".

Se organizó un revuelo tremendo. ¡Cómo que no cabemos! ¡Ahí hay sitio para todos! ¡Estás loco, déjanos pasar...!

Asustado con la revuelta, San Pedro le gritó al ayudante: "Corre, dile al Jefe que salga"... Y, al momento, vino Dios a la puerta y todos se callaron porque le tenían muchísimo respeto.

-¿Qué pasa aquí? ¿A qué viene este griterío?

-Nada, Jefe, que les he dicho que está completo y se han puesto furiosos.

-Por mis barbas, Pedro, que eres la monda... ¿Quién ha dicho que está completo? Te he dicho que ya están todos, que no es lo mismo...
 
Pedro puso cara de "¡jolines!" a Éste no hay quien lo entienda", pero se calló, y Dios siguió diciendo:

-... Ya están todos los que entraron por derecho propio -eso os lo dije ya hace muchos siglos-. Ahora, los que quedan, iréis pasando de uno en uno por esa mesa. En ella se sentará un representante de cada una de las pobrezas que hubo en la tierra, y juntos formarán un jurado. A ellos tendréis que demostrarles que, en la vida, fuisteis sus hermanos y, si ellos os reconocen como tales, iréis pasando. El cielo es para toda la familia... ¡Suerte! Yo os espero dentro, que ya ha empezado la fiesta.

 

jueves, 15 de agosto de 2013

LA FUENTE DE LAS VOCACIONES.

Anthony de Mello.         

 El gurú, que se hallaba meditando en su cueva del Himalaya, abrió los ojos y descubrió, sentando frente a él, a un inesperado visitante: el abad de un célebre monasterio:
 
-¿Qué deseas?, le preguntó el guró. 

El abad le contó una triste historia. En otro tiempo, su monasterio había sido famoso en todo el mundo occidental, sus celdas estaban llenas de jóvenes novicios, y en su iglesia resonaba el armonioso canto de sus monjes. Pero habían llegado malos tiempos: la gente ya no acudía al monasterio a alimentar su espíritu; la avalancha de jóvenes candidatos había cesado y la iglesia se hallaba silenciosa. Sólo quedaban unos pocos monjes que cumplían triste y rutinariamente sus obligaciones. Lo que el abad quería saber era lo siguiente:

-¿"Hemos cometido algún pecado para que el monasterio se vea en esta situación?".

-"Sí", respondió el gurú, "un pecado de ignorancia".

- "¿Y qué pecado puede ser ése?"

-"Uno de vosotros es el Mesías disfrazado, y vosotros no lo sabéis".

Y, dicho esto, el guró cerró sus ojos y volvió a su meditación.

Durante el penoso viaje de regreso a su monasterio, el abad sentía cómo su corazón se desbocaba al pensar que el Mesías, ¡el mísmisimo Mesías!, había visitado su monasterio. ¿Cómo no había sido él capaz de reconocerlo?
 

¿Y quién podrá ser? ¿Acaso el hermano cocinero? ¿El hermano sacristan? ¿El hermano administrador? ¿O sería él, el hermano prior? ¡No, él, no! Por desgracia, él tenía demasiados defectos...

Pero resulta que el gurú había hablado de un Mesías "disfrazado"... ¿No serían aquellos defectos parte de su disfraz? Bien mirado, todos en el monasterio tenían defectos... ¡Y uno de ellos tenía que ser el Mesías!

Cuando llegó al monasterio, reunió a los monjes y les contó lo que había averiguado. Los monjes se miraban incrédulos unos a otros:

-¿El Mesías aquí? ¡Increíble! Claro que, si estaba "disfrazado", no era probable que pudiera reconocerlo. De modo que empezaron todos a tratarse con respeto y consideración. "Nunca se sabe", pensaba cada cual para sí cuando trataba con otro monje, "tal vez sea éste..."

El resultado fue que el monasterio recobró su antiguo ambiente de gozo desbordante. Pronto volvieron a acudir docenas de candidatos pidiendo ser admitidos a la Orden, y en la iglesia volvió a escucharse el jubiloso canto de los monjes, radiantes de espíritu de Amor.

 


martes, 13 de agosto de 2013

O TODOS O NINGUNO.

F. M. DOSTOIEVSKI.

Había una vez una vieja que era muy mala, y murió. La mujer había realizado, en su vida, una sola acción buena. Llegaron entonces los demonios y la echaron en el lago del fuego. 

 

Pero el ángel de la guarda, que estaba allí, pensó: -"¿Qué buena acción suya podría recordar para decírselo a Dios?". Entonces se le ocurrió algo y se lo dijo a Dios.

 

-Una vez arrancó de su huerto una cebolla y se la dio a un pobre.

Y Dios le respondió complaciente:

-Toma tú esta misma cebolla, y échala al lago, de forma que se pueda agarrar a ella. Si puedes lograr sacarla del lago, irá al paraíso, pero si la cebolla se rompe, entonces tendrá que quedarse donde está.

El ángel corrió donde estaba la mujer, y le alargó la cebolla.

-Toma, mujer, agárrate fuerte, vamos a ver si te puedo sacar.



Y comenzó a tirar con cuidado. Cuando ya casi la había sacado del todo, los demás pecadores que estaban en el lago del fuego, se dieron cuenta y empezaron todos a agarrarse a ella para poder salir también de allí. Pero la mujer era mala y les pateaba gritando:

-Me va a sacar a mí y no a vosotros; es mi cebolla y no la vuestra.




Pero apenas había pronunciado estas palabras cuando la cebolla ser rompió en dos. Y la mujer volvió a caer en el lago del fuego y allí arde hasta el día de hoy.

El ángel se echó a llorar y se fue.





lunes, 12 de agosto de 2013

LOS TAMBORES.

Resumen de REINER ZIMNIK, "LOS TAMBORES".       

        Hace muchos, muchos años, un tambor recorría las calles de aquella ciudad gritando: ¡Empezamos una nueva vida! ¡Nos vamos a otro país!
 
          Los ciudadanos, preocupados, decidieron meter el tambor entre rejas, a pan y agua. Pero, a la mañana siguiente, las gentes oyeron de nuevo el tambor en las calles. Y así una mañana y otra.

          Un día eran ya hombres y mujeres, el carcelero, soldados y caballeros, lo sque recorrían con sus tambores las calles de la ciudad: ¡Empezamos una nueva vida! ¡Nos vamos a otro país. Aunque otra mañana predieron a los tambores y los llevaron ante el Obispo para que los rociara con agua bendita, porque creían que la ciudad estaba hechizada. Pero cuando salieron de la catedral... había más tambores. En todas las casas, resonaba su grito: ¡Empezamos una nueva vida! ¡Nos vamos hacia otro país!
 
          Al domingo siguiente, abrieron la gran puerta de la muralla y se pusieron en camino, para empezar una nueva vida. Caminaron y caminaron. En la primera ciudad les dijeron que no había sitio, pero, cuando ya se iban por las colinas, cuatrocientos hombres de aquella ciudad siguieron su camino. Anduvieron y anduvieron. Después de seis semanas llegaron a un valle donde no había ni un sólo árbol. Entonces los tambores gritaron: Construyamos cabañas y sembremos el trigo. Pero no había agua. Los tambores se sentaron en el suelo y estaban tristes. Recogieron su trigo de entre la arena y se fueron a otro lugar. Allí llegó la lluvia y creció el trigo. Algunos dijeron: -Hermanos, hemos sembrado y hemos recogido la cosecha. Nadie pasa hambre. Alegrémonos, bailemos y cantemos. Pero nadie se alegró. Uno de ellos gritó en sueños: -¡Aquí no crece ninguna flor! Otro chilló: -¡Aquí no canta ningún pájaro! Una vez más se pusieron en marcha.
 
               Habían olvidado que la tierra era redonda. Un día apareció ante ellos una ciudad maravillosa, con su muralla y su hermosa catedral. Al llegar a aquella ciudad, preguntaron: -¿Cómo se llama esta ciudad? ¿Podemos entrar? Los centinelas les contestaron: Pueden entrar los comerciantes y los campesinos; no aquellos que llegan con harapos y con tambores. Id donde queráis. Aquí no hay sitio para vosotros.

                Entonces, por primera vez, los tambores volvieron atrás. Los guardianes se desternillaban de risa. Uno dijo: -Hay una leyenda en nuestra ciudad. Se cuenta que, hace muchos años, unos hombres salieron por la gran puerta de la muralla en busca de una nueva vida. Se dice que llevaban maderos y tambores. Igual que éstos...

                Los tambores habían desaparecido tras las colinas y nunca se volvió a saber de ellos. Pero el más joven de los guardianes estuvo largo rato mirando el camino por donde se marcharon. A la mañana siguiente, cogió un tambor y recorrió las calles gritando: ¡Empezamos una nueva dida! ¡Nos vamos a otro país!
 

domingo, 11 de agosto de 2013

LA MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES.

Alfonso Francia.          

  Un día en que las multitudes seguían a Jesús, al ver que caminaban muy difícilmente, que se les abría la boca de hambre, que muchos niños lloraban, se le enternece el corazón, le da lástima porque van a desfallecer. Llama a sus discípulos y les dice:
 
-Hay que buscar una solución inmediata, hay que darles de comer. Ea, dadles de comer.

                      Se miran todos con cara de extrañeza. Pedro se atreve a decir:

-Pero, Maestro, si aquí no hay supermercados, ni mochilas de comida, ni dónde cazar o pescar.

-Por ahí he visto un chavalín, dice Santiago, que traía unos panes y unos pececillos. Los acabará de comprar y se ha unido a nuestra caravana.
 
-Señor, dice Judas, ya que no hay pan para todos al menos que haya para ti y algo para nosotros. El más importante eres tú; luego, nosotros que te seguimos de siempre, te entendemos mejor y te ayudamos.

-¡Qué cara tienes, Judas, qué poco has entendido! Yo empiezo siempre por los últimos o los más débiles; los fuertes, los listos ya se apañan.
 
-Señor, comenta Mateo, esto es muy grave, vamos a tener que comer hasta raíces, yo me acuerdo que, en Caná y otros lugares, te has sacado de la manga comida y hasta vino.

-Ahora tienes otra oportunidad de lucirte, de probar lo que eres. ¡Menudo fracaso si alguien se muere de hambre, siguiéndote!, le dice Bartolomé.

-¡Anda que no sois vivos! ¡Cualquiera confía en vosotros! No tenéis más que frases bonitas... Yo me encargaré de que haya para todos -dice Jesús entre paternal y recriminatorio-. Que se sienten todos. Ponedlos por grupitos, y que el chavalín ese traiga el pan y los peces, para tener una muestra, o ¿queréis un banquete con vino y todo?
 
-Lo que tu digas, Señor, no vamos ahora a ser exigentes.

-¡Eh!, empieza a gritar Pedro, sentaos en grupos de doce, que va a haber comida para todos. Para el que esté de pie, nada y, para el niño que llore, tampoco.

Hacía Jesús una oración. Y se llenan milagrosamente los cestos de panes y peces. 
 
Parecía un tren de mercancías, o una cabalgata de Reyes. A la gente se le ponen los ojos como bolas de billar. Los discípulos empiezan a coger los cestos y se los llevan allí junto a los árboles, a la sombrita. Empiezan a comer ellos, tranquilos, e invitan a muchos amigos. Y, mientras comen, rezan, recuerdan y comentan todo lo maravilloso que Jesús dice y hace. Cantan, danzan, ríen, cuentan chistes. Han formado un clima delicioso.

Jesús, que ve el espectáculo, se pone furioso. ¡El colmo! Lo que Él había multiplicado para todos, se lo comían unos pocos. Y, lo que era peor, entre los que le seguían más de cerca. Al ver las miradas de pena de la gente, el llando de los niños y la desvergüenza de los suyos... se levanta, hecho un basilisco, comienza a increparlos, a insultarlos y a punto estuvo de romper la rama de un árbol para pegarles fuerte.
 
De momento todo se arregló, hubo comida para todos, pero a Jesús le vino una ligera depresión al pensar: ¡qué harán mis discípulos a lo largo de la historia cuando falte Yo"!.

Desde entonces, muchos, lo que más valoran, lo que llaman milagro de verdad es que el niño se desprendiera de los pocos panes y peces que tenía. Dicen que, con unos cuantos milagros de esos, se solucionarían los problemas más graves.