lunes, 28 de octubre de 2013

LA CITA.

Una antigua leyenda árabe cuenta la triste historia del paje del sultán de Bagdad.

Un día el joven paje cayó angustiado a los pies de su señor, que le quería mucho, pidiéndole prestado su mejor caballo, aquel que parecía volar, de lo rápido que corría.
— ¿Para qué? –le preguntó el sultán.

— He visto la Muerte en el jardín y ha hecho un gesto, dirigiéndose a mí. Con tu caballo me escaparé a Basora y me esconderé en el mercado. La Muerte no me encontrará.
 
El sultán dio su corcel al joven, que partió a todo galope.
El sultán bajó al jardín y vio a la Muerte en actitud de espera.
— ¿Por qué has amenazado a mi paje? –le dijo.

— Yo de hecho no lo he amenazado –respondió la Muerte-. Sólo he levantado el brazo sorprendida. Me preguntaba: ¿Cómo es posible que esté aquí todavía, si yo tengo una cita con él dentro de cinco horas en el mercado de Basora…?

Leyenda árabe

ACOGER AL MESÍAS.

El gurú, que se hallaba meditando en su cueva del Himalaya, abrió los ojos y descubrió, sentado frente a él, a un inesperado visitante: el abad de un célebre monasterio.

“¿Qué deseas?”, le preguntó el gurú.
El abad le contó una triste historia. En otro tiempo, su monasterio había sido famoso en todo el mundo occidental, sus celdas estaban llenas de jóvenes novicios, y en su iglesia resonaba el armonioso canto de sus monjes. Pero habían llegado malos tiempos: la gente ya no acudía al monasterio a alimentar su espíritu, la avalancha de jóvenes candidatos había cesado y la iglesia se hallaba silenciosa. Sólo quedaban unos pocos monjes que cumplían triste y rutinariamente sus obligaciones. Lo que el abad quería saber era lo siguiente: “¿Hemos cometido algún pecado para que el monasterio se vea en esta situación?”
 

“Sí”, respondió el gurú, “un pecado de ignorancia”.
“¿Y qué pecado puede ser ése?”
“Uno de vosotros es el Mesías disfrazado, y vosotros no lo sabéis”.
Y, dicho esto, el gurú cerró sus ojos y volvió a su meditación.
Durante el penoso viaje de regreso a su monasterio, el abad sentía cómo su corazón se desbocaba al pensar que el Mesías, ¡el mismísimo Mesías!, había vuelto a la tierra y había ido a parar justamente a su monasterio. ¿Cómo no había sido él capaz de reconocerle? ¿Y quién podría ser? ¿Acaso el hermano cocinero? ¿El hermano sacristán? ¿El hermano administrador? ¿O sería él, el hermano prior? ¡No, él no! Por desgracia, él tenía demasiados defectos…


Pero resulta que el gurú había hablado de un Mesías “disfrazado”. ¡No serían aquellos defectos parte de su disfraz? Bien mirado, todos en el monasterio tenían defectos… ¡y uno de ellos tenía que ser el Mesías!

Cuando llegó al monasterio, reunió a los monjes y les contó lo que había averiguado. Los monjes se miraban incrédulos unos a otros: ¿el Mesías… aquí? ¡Increíble! Claro que, si estaba disfrazado… entonces, tal vez… ¿Podría ser Fulano…? ¿O Mengano, o…?
Una cosa era cierta: si el Mesías estaba allí disfrazado, no era probable que pudieran reconocerlo. De modo que empezaron todos a tratarse con respeto y consideración. “Nunca se sabe”.

El resultado fue que el monasterio recobró su antiguo ambiente de gozo desbordante. Pronto volvieron a acudir docenas de candidatos pidiendo ser admitidos en la Orden, y en la iglesia volvió a escucharse el jubiloso canto de los monjes, radiantes de alegría y comprensión.

Popular del Tíbet

LA ESTATUA.

Una fría noche de invierno, un asceta errante pidió asilo en un templo. El pobre hombre estaba tiritando bajo la nieve, y el sacerdote del templo, aunque era reacio a dejarle entrar, acabó accediendo:
   
“Está bien, puedes quedarte, pero sólo por esta noche. Esto es un templo. No un asilo. Por la mañana tendrás que marcharte”.

   
A altas horas de la noche, el sacerdote oyó un extraño crepitar. Acudió raudo al templo y vio una escena increíble: el forastero había encendido un fuego y estaba calentándose. Observó que faltaba un Buda de madera, y  preguntó: “¿Dónde está la estatua?”
   
El otro señaló al fuego
con un gesto y dijo: “Pensé que iba a morirme de frío…”
   
El sacerdote gritó: “¿Estás loco? ¿Sabes lo que has hecho? Era una estatua de Buda. ¡Has quemado al Buda!”
   

El fuego iba extinguiéndose poco a poco. El asceta lo contempló fríamente y comenzó a removerlo con su bastón.
 
“¿Qué estás haciendo ahora?”, vociferó el sacerdote.
   
“Estoy buscando
los huesos del Buda que, según tú, he quemado”.
   
Más tarde, el sacerdote le refirió el hecho a un maestro zen, el cual le dijo: “Seguramente eres un mal sacerdote, porque has dado más valor a un Buda muerto que a un hombre vivo”.


Cuento zen

LA ESTATUA.

Vivía hace tiempo en la montaña un hombre que tenía una estatua, obra
de un viejo escultor. La había dejado boca abajo en un rincón de su
cabaña, y no se preocupaba de ella
para nada.
Pero un día acertó a pasar por allí un hombre que venía de la ciudad.



Como era un hombre culto, al ver la estatua, preguntó al dueño sin
estaba dispuesto a venderla.

El dueño lo tomó a risa y dijo:
— Pero, ¿quién va a comprar esa piedra sucia y descolorida?
El hombre de la ciudad dijo:
— Te doy por ella esta moneda de plata.
Y el otro quedó satisfecho y feliz.
La estatua fue llevada a la ciudad a lomos de un elefante. Después de muchas lunas, el hombre de la montaña bajó a la ciudad.
Mientras caminaba por la calle vio que la gente se apelotonaba delante de un edificio, donde un hombre pregonaba a voz en grito:
— ¡Pasen a ver la estatua más bella y maravillosa del mundo! Sólo dos
monedas de plata por admirar la obra de arte de un gran maestro
escultor.

Y el hombre de la montaña pagó dos monedas de plata y entró al museo
para ver la estatua que él mismo había vendido por una sola moneda.

Kahlil Gribán

LA CAJA DE JOYAS.

Se cuenta la historia de una mujer que llevaba a la joyería una caja
con joyas de varios tamaños. Justamente frente a la tienda tropezó y la caja cayó al suelo. La tapa del cofrecito se abrió y las joyas se dispersaron por doquier.

   
Los ayudantes del joyero salieron de la joyería corriendo,
para impedir que alguien que para por allí se llevara algunas de las joyas, y ayudaron a la mujer a recogerlas. Un avestruz que pasaba por el lugar llegó velozmente y, sin que nadie lo notara, en medio de la excitación, se tragó la piedra mejor y más grande.
   
Cuando la mujer se dio cuenta de que le faltaba esta gema comenzó a lamentarse y, a pesar de buscarla por todas partes, no pudo encontrarla. Alguien dijo:
   
— La única persona que pudo haber tomado la piedra es aquel monje peregrino que está sentado silenciosamente junto a la joyería.
   
El monje peregrino había visto al avestruz tragarse la piedra, pero no quería que se derramara sangre. Por lo tanto, cuando se le aprehendió, registró y hasta golpeó, no dijo más que:
   
— Yo no he tomado absolutamente nada.
   
Mientras le apaleaban, llegó otro monje peregrino e instó a la muchedumbre a que tuviese cuidado con lo que estaba haciendo. Entonces, a él también le aprehendieron y acusaron de haber tomado la piedra, que subrepticiamente le pasó el primer monje, sin creerle.
   
Mientras esto sucedía, apareció un hombre dotado de conocimiento y, al advertir la presencia del avestruz, preguntó:
   
— ¿Estaba aquí esta ave cuando la caja cayó al suelo?
   
— Sí –dijo la gente.
   
— En ese caso –aconsejó- presten atención al avestruz.





   
Se pagó al dueño del avestruz el valor del animal, lo mataron, y en su estómago se encontró la joya que faltaba.

Popular de Vietnam

UNO Y SIETE.




   
Pero vivía también en París, se llamaba Jean, y su padre trabajaba en una fábrica de automóviles.
   
Pero vivía también en Berlín, y allá arriba se llamaba Kart, y  su padre era un profesor de violonchelo.
   
Pero vivía también en Moscú, se llamaba Yuri, como Gagarin, y su padre era albañil y estudiaba  matemáticas.

   
Pero vivía también en Nueva York, se llamaba Jimmy, y su padre tenía una gasolinera.
   
¿Cuántos he dicho ya? Cinco. Me faltan dos:
   
uno se llamaba Ciú, vivía en Shangai y su padre era un pescador; el último se llamaba Pablo, vivía en Buenos Aires, y su padre era escalador.

   
Paolo, Jean, Kart, Yuri, Jimmy, Ciú y Pablo eran siete pero siempre el mismo niño que tenía ocho años, sabía ya leer y escribir y andaba en bicicleta sin apoyar las manos en el manillar.
   
Paolo era triguero, Jean era blanco y Kart, castaño, pero eran el mismo niño. Yuri tenía la piel blanca, Ciú la tenía amarilla, pero eran el mismo niño. Pablo iba al cine en español y Jimmy en inglés, pero eran el mismo niño, y reían en el mismo idioma.
   
Ahora han crecido

los siete, y no podrán hacerse la guerra, porque los siete son una sola persona.

Gianni Rodari

sábado, 26 de octubre de 2013

EL DESCUBRIMIENTO DEL POETA.

Un joven poeta, , según la antigua tradición, vivía solo, en una remota torre de marfil que tenía una sola ventana, siempre cerrada y oscurecida por los postigos carcomidos.

Como todos los poetas ya fuera de moda, estaba un poco triste.
Todos los días se hacía preguntas sin respuesta sobre el mundo, la vida, el hombre, el alma, Dios…, hasta que, para huir de disparatadas elucubraciones, decidía refugiarse en el mundo irreal y maravilloso de la fantasía.


Imaginaba espectáculos extraordinarios de belleza o de crueldad, se entusiasmaba soñando empresas audaces y hasta ahora no realizadas, en representar las más perfectas y armoniosas formas que jamás arte humano o divino haya podido crear…
Pero, antes o después, también este mundo fantástico le aburría, su imaginación se agotaba, y se sentía aún más triste y dispuesto sólo a escribir los versos más tétricos.

Una tarde, precisamente mientras se disponía a derramar copiosas lágrimas de tinta, notó, sobre la inmaculada página intacta, un punto negro. Lo observó de cerca, pero éste… ¡se movía!
Lo siguió hasta el margen de la hoja, intentó agarrarlo… pero se le escapó de los dedos, desplegando dos alas transparentes que lo elevaron hacia la ventana, cerrada por oscuras persianas.
Llevado por la curiosidad, el poeta abrió de par en par los postigos cerrados desde siempre, casi respondiendo a la tácita petición del ser desconocido.

Siguió el vuelo con los ojos hasta que desapareció: pero su mirada fascinada no logró más apartarse de las imágenes que se le aparecieron, milagrosamente, en el momento en el cual su ventana, por primera vez, se había abierto al mundo.

Rosella Vacchino