lunes, 16 de marzo de 2015

El embustero


Había una vez, un hombre muy enfermo y sin recursos, que desesperado se comprometió a sacrificar la cantidad de cien bueyes a los dioses, si estos le ayudaban a curarse completamente.

Los dioses, a los que siempre les gusta probar a los mortales, decidieron ayudarle y comprobar si era cierto lo que el hombre decía.

Recuperado por completo de sus dolencias y al no tener los animales, ni el suficiente dinero para darles la ofrenda prometida a sus benefactores, fabricó cien bueyes de sebo y los llevó al templo para que fueran sacrificados.

-Oh Dioses, aquí tenéis lo que os había prometido.

Al verse engañados, trazaron un plan para darle una buena lección a este hombre tan embustero. Mientras dormía, se introdujeron en uno de sus sueños, mostrándole una gran bolsa con mil monedad de plata en una playa cercana.

Extasiado ante esa enorme fortuna, se despertó inmediatamente, dirigiéndose todo lo rápido que pudo hasta la playa. Allí, no solo no encontró ninguna bolsa, sino que además fue capturado por unos piratas, que lo vendieron como esclavo en la ciudad más cercana, obteniendo por su venta mil monedas de plata.

Moraleja: aquel que engaña a la personas, siempre acaba siendo engañado.

El ratón y el toro


Tras comer una copiosa cantidad de hierba, el Toro sintió que sus parpados le pesaban enormemente y se echó a dormir. Cuando estaba en lo mejor de su sueño, un impertinente ratón, le mordió en una de sus patas con mucha saña.
Muy enfadado por ese ataque sin razón, se levantó rápidamente para perseguir a tan insolente animal. A pesar de que corrió con todas sus fuerzas detrás de su pequeño agresor, no consiguió llegar a tiempo para atraparle. Frustrado ante tal situación, intentó en vano alcanzar al ratoncillo, cavando alrededor de la madriguera.
Tras un rato cavando sin obtener resultados, se quedó nuevamente dormido. Al no escuchar ningún ruido, el ratón salió sigilosamente de su escondrijo y tras buscar el sitio más adecuado, volvió a pegarle otro mordisco al toro.
Sorprendido ante esta situación, se quedó mirando fijamente el agujero y escuchó:
-Crees que por ser tan grande, tienes derecho a hacer lo que te plazca, pero ya es hora de que comiences a respetar un poco más, a los que son más pequeños y menos fuertes que tú.

Moraleja: Nunca subestimes el valor de las pequeñas cosas.

El Divorcio de mis Padres


Mi nombre es Adrián, tengo 10 años y mis padres acaban de divorciarse. Mi familia siempre había sido unida, nunca faltaban las cenas familiares ni los besos de buenas noches. Cuando mis padres nos dijeron a mi y a mis dos hermanas que se divorciarían no lo podíamos creer, mi corazón estaba destrozado y no pude evitar culparlos y sentir mucho enfado por no haber pensado en nosotros, sus hijos, al tomar esa decisión. A mi punto de vista mis padres eran egoístas.

Mis notas bajaron mucho en el colegio por la tristeza que me provocaba la separación, cuando mis amigos tocaban el tema me enfadaba mucho con ellos y con todos los que estuvieran a mi alrededor. Estaba tan deprimido que varias veces pensé en escaparme de casa y de la realidad. Seguramente mis padres nunca se detuvieron a pensar en todos los daños que nos traería su separación.

Mi maestra de ética, quien era divorciada, me contó sobre su separación, la experiencia con sus hijos y el daño que le había hecho priorizar la unión familiar a su bienestar individual. Definitivamente hizo que abriera los ojos y me atreviera a pensar lateralmente… Todo este tiempo el egoísta había sido yo.  Estaba pensando solamente en mi y en las implicaciones que la separación de mis padres me traían. Nunca me puse a pensar y reflexionar sobre el hecho de que los gritos y peleas entre ellos aumentaba día con día, que por querer  que sus hijos fuéramos felices se estaban obligando a vivir juntos, lo que provocaba que su relación empeorara.

Esa misma tarde, platiqué con mis hermanas, quienes también estaban tristes por la separación. Logré que entendieran que estar con alguien por darle gusto a los demás no es bueno y que debíamos pensar en que el divorcio les afectaba más a ellos que a nosotros. Tomamos la decisión de hablar con nuestros padres, por separado claro, y les hicimos ver que los comprendíamos y apoyábamos firmemente en sus decisiones.

Ahora todo es mejor, no tenemos que escuchar los constantes gritos que anteriormente escuchábamos, no se siente la tensión en la casa y además vemos a nuestros padres equitativamente. Las cosas no han cambiado, aún seguimos pasándola muy bien cuando salimos con mi padre, aún recibimos los besos de buenas noches de mi madre y lo más importante es que aprendí que mis padres seguirán siendo mis padres aunque estén separados.

Convertido en Pez


Lucas era un niño al que le encantaba jugar con el agua, mejor dicho: Le encantaba desperdiciarla. Todos los días llenaba globos con agua y los aventaba desde su ventana, dejaba los grifos de la llave corriendo, tardaba mucho tiempo duchándose solo para disfrutar de toda el agua que quisiera.
El hada Aqua se percató de este hecho, y decidió convertir a Lucas en un pez mientras dormía y lo dejo en el lago junto a su casa. Cuando Lucas despertó lo invadió un miedo enorme: ¡estaba rodeado de agua! No podía creer lo que sus ojos veían, justo frente a el se encontraba un banco de peces, quienes discutían sobre el nivel de agua en el lago. Lucas fue hacia ellos nadando con esfuerzo y les conto quien era. Los peces lo miraron con profundo enojo, ya que sabían que era el niño que estaba provocando que su lago se quedara poco a poco sin agua. Llevaron a Lucas hasta un lugar en el que solo quedaban unos centímetros de agua e hicieron que se diera cuenta que ese lugar ya no era habitable para ningún pez.
Lucas rogó al hada que lo convirtiera en humano de nuevo con la condición de que haría todo lo posible para cuidar el agua. Aqua le creyó y lo convirtió en humano, desde ese día Lucas cambió la forma de ver las cosas. Cuidaba el agua lo más que podía e incluso formo un grupo con sus amigos para proteger la laguna y crear conciencia sobre el cuidado del agua.

La nueva vida de Scarlette


Mi nombre es Scarlette, tengo 30 años y vivo junto a mi esposo y 2 hijos, mi vida ahora está llena de dicha y felicidad, pero no siempre fue así: Cuando tenia solo 15 años mi vida cambió para siempre. Te relatare los sucesos de mi vida, con la esperanza de que reflexiones un poco sobre la tuya.

Recién acababa de cumplir los 15 años, era hija única por lo que mis padres me trataban como a una reina y me daban todo lo que les pedía. Todos los días iba a divertirme con mis amigas y gastaba muchísimo dinero en las cosas más superficiales e inútiles que te puedas imaginar. Esto continuó durante mucho tiempo hasta que lo peor sucedió: Mis padres fallecieron en un trágico accidente, me quedé sola por completo, sin ningún familiar que pudiera encargarse de mi.

Mis padres no habían anticipado lo que les pasaría ¿Quién podría?, por lo que mi casa y todos los objetos en su interior me fueron despojados y me quedé literalmente en la calle. Tras muchas lagrimas comprendí que no solucionaría nada y me mudé a un barrio muy pobre en el que nunca había estado, pero era lo más que me podía permitir con el poco dinero que tenia.

Tras mucho tiempo de sufrimiento y deudas vi la luz al final del túnel: Conocí a una pequeña familia, muy humilde pero a mayor proporción bondadosa. Ellos me ayudaron en lo que podían, su ayuda cuando lo necesitaba e incluso comían en menor proporción para que yo pudiera satisfacer mi necesidad.

Para no alargar mucho la historia, te cuento que el hijo mayor de la familia tenia un  alma bella y bondadosa que terminó enamorándome, nos casamos algunos años después. Lo que quiero que reflexiones es lo siguiente: La mayoría de las veces, la gente que menos recursos tiene, son las que más bien hacen. Le dan más valor a las cosas más importantes, como el amor, la ayuda y la compasión. Creo que en algunas ocasiones te serviría ver la vida de la forma en que ellos la miran.

El gato amarillo


Carlos abrió los ojos y la oscuridad lo inundó. No entendía cómo había llegado hasta ahí, lo único que sabía era que estaba solo, lejos de su casa y que el sol se había puesto hacía muchísimas horas. La oscuridad era tan espesa que apenas podía moverse. Esperó durante quién sabe, horas quizás, hasta que vio una luz que se iba haciendo más y más intensa.

Intentó gritar pero era inútil: las palabras quedaban atrapadas en su boca, en su lengua, en sus tímpanos… La luz, que era un enorme coche de colores llamativos y cristales polarizados, pasó justo por donde él estaba. Cerró los ojos, porque supo lo que sucedería. Cuando volvió a abrirlos, las luces rojas se alejaban y él seguía allí, de pie en una carretera fría y oscura.

Todavía aturdido comenzó a caminar hacia alguna parte. El miedo se había adherido a sus huesos y volvía más oscura la noche. Se tendió al costado del camino, donde ya no había asfalto; y entonces, el frío cesó y él se quedó dormido.

Al abrir los ojos, Carlos supo dónde estaba. El sol siempre nos recuerda de dónde venimos y hacia dónde no deseamos ir. Se puso de pie y caminó hacia su casa. No pudo entrar. Por mucho que se aferró y tiró del picaporte, la puerta no cedió. Y cuando su madre salió, vestida de negro y con los ojos llenos de lágrimas, tampoco lo vio; aunque Carlos tironéo de su ropa sin poder romperla e intentó abrazarla. Era como si no le importara que él estaba ahí, necesitándola.

Deambuló durante horas por la ciudad, perdido y absolutamente triste. Una vez confirmada su muerte, ya no había nada que pudiera hacer, creía. Se tendió bajó un árbol: no podía sentir nada, sólo el silbido del viento y las tonalidades del sol rozando el perfil de las hojas. Se quedó boca arriba, disfrutando de ese prisma maravilloso.

Entonces, un gatito amarillento y raquítico se le acercó. Tenía el aspecto de esos viajeros que pasan varias semanas sin comer y que aguantan, porque saben que aún quedan paisajes para ellos. Carlos lo tomó entre sus manos y comprobó, por primera vez después de ese largo día, que el pequeño animalito sí podía verlo y sentir sus caricias. Esta certeza iluminó su rostro y toda su vida.

Cuando la mamá de Carlos regresó esa tarde del entierro y se encontró en el umbral de su casa con un gatito diminuto temblando de frío, no lo dudó. Sacó un brillo de sus ojos, ya casi marchitos, tomó a la criatura entre sus brazos y entró con ella en la casa. A veces la muerte nos apalea, pero la vida siempre se resiste; hay algo que nos dice que se puede vivir más allá de la oscuridad.

El abandono


La esperanza es lo último que se pierde, nos enseñan cuando somos chicos. Pero al poco tiempo somos conscientes del engaño y nos asimos a la vida aparcando el optimismo irrisorio. Lo que les ocurre a los perros es otra historia. Sólo ellos saben realmente lo que es la esperanza y pueden vivir, pese a ella.

Se estaba yendo con su andar apresurado; se sentaba en el asiento delantero de la camioneta y arrancaba el motor antes de que la puerta se cerrara, como movido por un cercano peligro. Intentó avisarle: ladró durante un buen rato. La cuerda que sujetaba su cuello le impedía seguirle y sus tirones sólo conseguían enrojecer su cuello para convencerla de que no podría soltarse. Se habrá olvidado de mí, pensó. Esperó. Las horas eran como copos de nieve que iban cayendo y amontonando silencio y frío a su alrededor. Niebla miraba el cielo y esperaba; estaba convencida de que Jorge volvería a buscarla. En cuanto llegara a la casa y se acostara en la cama, descubriría que ella faltaba y desandaría el camino para buscarla. Siguió esperando. Pero no volvió.

Una tarde, Niebla vio a un hombre que caminaba hacia ella. Podía ser Jorge, aunque era mucho más alto. Se irguió expectante, pero enseguida volvió a tumbarse decepcionada. El joven se le acercó, liberó su cuello e intentó acariciarla. Primero ella se resistió, como un niño rechazando un dulce que sabe que no es para él. Pero no pudo hacer lo mismo con el agua y la comida que él le ofreció amorosamente. Llevaba ¡quién sabe!, semanas sin probar bocado. Comió apresuradamente; él se quedó a su lado, observándola en silencio mientras canturreaba algo que ella no había escuchado antes.

Cuando terminó de comer, el chico intentó cogerla, pero ella se escurrió entre las plantas. Intentó acercarse de nuevo. Dudó, ¿cómo se iba a ir? ¿qué haría su Jorge sin ella? Se quedó agazapada, lejana, rogando que se fuera, que no deseaba hacerle daño. Se fue, pero volvió uno y otro día. Cada vez que regresaba le traía comida, ella sentía la tentación de irse con él y entonces pensaba en Jorge. Hasta que ya no pudo más: dormir a la intemperie, pasarse las tardes, las mañanas y las noches sola y ver solita las estrellas no era para ella.

Una vida llena de caricias, buena comida y atenciones le esperaba en la casa del muchacho: en compañía de dos gatos y un conejo al que le faltaba una pata. Todos ellos habían sido rescatados de vidas terribles, según pudo enterarse Niebla más tarde. La recibieron como a una más de la familia, sin hacer demasiadas preguntas y pidiéndole muy poco a cambio. Y allí se quedó.

Llevaba ya unos cuántos años viviendo con aquella pandilla. Les había tomado cariño e incluso le gustaba esa vida. Sin embargo, cuando el ruido del motor de una camioneta irrumpía la siesta y se pegaba a las paredes, Niebla se levantaba y olfateaba el ambiente. Después, con la decepción cubriendo sus ojos, volvía a tumbarse nuevamente junto a los gatos: en esa vida que todavía sentía como provisoria, en ese hogar en el que se sentía de paso.