viernes, 7 de febrero de 2014

LA LUNA VAGABUNDA.

Jorge miraba hacia el cielo, este era su único escape hacia un espacio abierto.  Alrededor de él se levantaban enormes murallas de edificios encerrándolo sobre aquella esquina. Para un lado y para el otro se veían cuadras interminables. Un ruido sin fin acosaban su oído, luces tras luces enceguecían de vez en cuando su mirada. El se preguntaba qué hacía en aquel lugar, siempre fue de la idea de que las ciudades son el consuelo perfecto para la soledad. Como si la naturaleza no te brindase compañía, al menos un perro desconocido te da más importancia que cientos de personas.
Una bola brillante empezó a surgir detrás de los edificios. ¿Cuánto tiempo hace ya que gira alrededor de la tierra? Ella bien podría irse, podría encontrar soles que la hagan brillar mucho más, planetas más pequeños en los cuales ella se  verá mucho más grande. Pero elije quedarse en la tierra, girando siempre de la misma forma.  Tal vez si se va, extrañaría a su precioso planeta azul, el cual vigila constantemente desde cerca. Extrañaría a ese preciado, joven y buen apuesto sol que la ilumine siempre. Extrañaría al resto del vecindario, desde Mercurio hasta Plutón, aunque dicen que hay más planetas por allá. Por eso no se va, ella pertenece aquí. Probablemente habrá vagabundeado por todo el universo y eligió quedarse aquí. ¡Claro que sí! Mientras la tierra la siga necesitando tanto ella nunca se irá. Seguirá siendo una vagabunda girando alrededor de la tierra con el destino de seguir siendo una con ella.
Bajó su mirada al mundo real, Jorge vio a lo lejos venir a su familia. Veía a su mujer y a sus hijos y por un instante tuvo miedo. Se dio cuenta que su mujer siempre estuvo cerca de él, como la luna a la tierra. De todas las personas que conoció, lo eligió a él. Podría irse, claro, al menos que siga brindando esa gravedad tan necesaria para tenerla a su lado. Y así seguirá girando alrededor de él siendo su pareja, con un mismo destino. Porque la tierra sin su luna se muere, y ella sin la tierra deja de ser quien es.  La familia sin integrantes se muere, y ellos sin la familia dejan de ser quienes son.

EL SUEÑO.

Una noche desperté en medio de la nada. No tenía recuerdos, apenas tenía conciencia de que estaba vivo. Miré para todos lados, sólo veía un vasto desierto totalmente seco. Mientras contemplaba aquella escena un hombre se me acercó y con una voz melodiosa me dio la bienvenida. Yo seguía sin entender nada de lo que sucedía, le pregunté qué  ocurría  a lo que él me respondió mostrándome una escena delante de mis ojos. En ella me veía protestando por la vida miserable que llevaba, estaba deprimido y arrinconado en un callejón sin salida.
Quedé por unos instantes mirando aquella escena, un recuerdo fugaz atravesó mi mente, ese era yo unos minutos antes de dormirme. Entonces enfurecido el pregunté a aquel hombre qué solución me daba ante aquella situación. Me miró por unos instantes como si leyese mi alma y me dijo: ¿ves aquella puerta allá a lo lejos? Ve hacia allá. Lo que ves ahora es tu vida tal cual cómo la sientes en este momento, pero cuando hayas atravesado aquella puerta la verás tal cual es. Allí encontrarás la respuesta.
Apresuradamente me dirigí hacia aquel lugar, quería desaparecer de ese desierto horrible. A medida que me acercaba sentía algo que me presionaba el pecho, pero no le di importancia. Estando ya en pié en frente de aquella puerta dudé por unos instantes, empecé a ver mucha gente atravesando el desierto sin rumbo. Miré para todos lados y no había más puertas, la mía era la única. Me decidí a entrar….
Todo era como un inmenso paraíso, pero a través de las bellezas que mi vista contemplaba veía como escenas de mi vida incrustadas en aquel paisaje. Cuando miraba hacia aquel manantial hermoso, veía una imagen de mi familia, cuando veía el hermoso césped con sus flores en abundancia, aparecía una imagen de mis padres y así sucesivamente. Atónito y aturdido continué caminando hasta llegar a la ribera de un hermoso río. Cerca de este había un puente para cruzarlo, quería llegar al otro lado por lo tanto decidí atravesarlo. Pero al llegar a la mitad del puente una imagen apareció allí, me veía saludable, con amigos, en mi casa, en la calle; muchas escenas juntas en una sola imagen. Pero de pronto apareció aquella imagen de esa noche, la misma que aquel hombre me mostró. Todo el puente empezó a sacudirse hasta romperse y caí sobre las aguas de aquél río. Desesperado quise nadar, pero no tenía fuerzas, quise pedir auxilio, pero estaba  mudo, quise mantenerme a flote, pero estaba lisiado. Luego de unos segundos desesperantes la correntada me largó sobre la orilla.
No sabía en dónde estaba, cuando el rió me largó a tierra firme todo se me transformó en oscuro, no veía nada.  Quise hablar pero nadie me escuchaba, afiné mis oídos para oír algo, pero estaban sordos. La desesperación comenzó a apoderarse de mi cuando una brisa suave rozó mi cuerpo. En ese preciso instante recuperé todas mis facultades. Volví a mirar hacia mí alrededor y vi nuevamente aquel desierto árido. Nuevamente el hombre se me acercó y me dijo: ¿puedes recordar todas las bendiciones que recibes en tu vida?  Luego de unos momentos de mudez le respondí que sí. Entonces me pidió que comenzara ahora mismo.
Mi mente empezó a hacer un esfuerzo enorme, parecía que todos los recuerdos se me habían borrado. Pero de apoco comencé a recordar, y a la vez que recordaba el paisaje se iba transformando. Surgía el río, aparecía la llanura, se levantaba el manantial, crecían los árboles, el clima mejoraba y toda la gente que antes veía vagar por el desierto ahora estaba en mi paisaje con un rostro feliz.
¡Pero aún no tengo lo que necesito! Le grité al hombre. El me miro dulcemente y me respondió: Paciencia, ya llegará. Como puedes ver no te falta nada, ¿o acaso lo que tienes no te sirve para mantenerte vivo y sano? Permanecí en silencio, sabía que él tenía razón y mas allá de que todo esto sea real o no, de que exista o sea un invento nadie podía decir lo contrario a lo que veía.
Lentamente me desperté de aquel sueño, todavía podía oler el perfume de las flores, la humedad del río en mi piel. Quedé sentado durante un rato en mi cama aprendiendo a ser paciente y agradecido.

LA HORMIGA QUE SE ENAMORÓ DE LA LUNA.


Existió una vez una hormiga que se dispuso a cambiar el mundo. El motivo de esta gran empresa era su amor por la luna. Nunca voy a olvidar esta tarde, ella estaba allí, sentada en la palma de mi mano contándome de su aventura. Lo relataba como si fuese algo tan sencillo como ir y recolectar pedacitos de hojas para su hormiguero. Era una de esas hormigas negras que tan bien conocemos en la Argentina. Aquellas tardes en que íbamos de paseo con mi familia a la Laguna de los Padres en Mar del Plata, las veía pasar al lado mío formando esos caminitos bien marcados a través del pasto. Pero ella fue diferente y aquí cuento su historia.
Era una tarde de primavera por el mes de Noviembre, ella junto con sus compañeros y compañeras (cabe destacar que ella es en realidad él) venían de recolectar hojas las cuales llevaban hacia su hormiguero cuando la vio por primera vez. Era grande, redonda y muy brillante. Se asomaba en el horizonte con un color dorado medio anaranjado intenso. Sin darse cuenta soltó su carga y se quedó hechizado mirándola ascender por el cielo nocturno. Ese fue su primer contacto con ella. Así, noche tras noche la miraba salir del horizonte o aparecer en el cielo en todas sus formas. Esto no pasó inadvertido ante su colonia, todas se burlaban de él y hasta lo trataban de holgazán. Con las lluvias del verano se había formado un pequeño charquito en el suelo y allí mientras la luna se reflejaba la hormiga decía que la tenía solo para él.
Una mañanas y sin previo aviso él desapareció junto con todo su hormiguero. La confusión era enorme y nadie sabía lo que estaba sucediendo. Su contorno cambió totalmente, ahora estaban en una especie de recipiente siendo transportadas quien sabe a dónde. Esto duró varios días, mientras tanto todo era un caos. Nadie podía salir a trabajar y él no podía ver a su preciada luna.
En este momento de la historia, mientras me la contaba, se le llenó los ojos de lágrimas. Nunca creí que un insecto se emocionase. Luego de una pausa continuó su relato.
Tras varios días de encierro, turbulencias y ruidos extraños pudieron ver el exterior. No las habían liberado solamente las habían cambiado de lugar. Sus paredes eran transparentes, había algo de vegetación pero era muy poca. Fuera de su hormiguero veían a personas “flotando” dentro de un espacio reducido. Y por una ventanilla pudieron ver una esfera blanca a la cual se iban acercando. ¡Es la luna!-gritó él enloquecido- ¡es la luna! ¡Nos llevan a la luna!
Otra pausa mas, yo la miraba ya con desconfianza; sentía que me estaba haciendo el cuento. ¿Cuándo una hormiga fue a la luna? Pero la dejé continuar con su historia.
Luego de que la nave aterrizara en el suelo lunar, tomaron el recipiente que llevaba a las hormigas y las dejaron allí.  Alrededor de este construyeron una especie de cápsula. Adentro pusieron agua, tierra negra y mucho pasto, algunas plantas y semillas. Luego trasladaron su hormiguero allí dentro y se fueron. Estuvieron en aquel lugar durante muchos días. Era difícil volver  a la normalidad, casi no había gravedad por lo tanto era normal ver alguna hormiga flotando por los aires. Pero poco a poco todo se fue normalizando aunque no podían salir de esa cápsula. El suelo lunar era muy tramposo y casi imposible hacer algo en el. Pero esta hormiguita estaba fascinada, corría para todos lados levantando la tierra de la luna a los gritos.
¡La tengo, la tengo, al fin es mía! –gritaba él como loco por todo el hormiguero. Por miedo a que contagiase a otras la reina lo desterró hacia un sector que era totalmente lunar. Esto fue estar en el paraíso para El.
Al cabo de un tiempo volvieron por ellas, las estudiaron durante un tiempo y después regresaron a algunas a su lugar.
El me contó que se escapó porque llamaba mucho la atención de estas personas ya que era la hormiga que más se adaptó a ese lugar.
Lo que pude llegar a decirle es que era una gran historia, aunque dudaba de su veracidad. Pero ella me mostró un pedacito de roca blanca, “esta –me decía el- es un pedacito de la luna. Fueron los días más felices de mi vida, pude ir a visitar a mi gran amor”. Quedé en silencio por unos instantes, obviamente esta hormiga no estaba muy cuerda ya que nadie se enamora de un ser abiótico o sin vida. Pero sí me llamó profundamente la atención en cómo un sueño, un deseo tan loco e inverosímil se pudo hacer realidad. Desde aquella tarde comencé a creer que los míos también se podrían concretar.

EL PLANETA GRIS.

Olvido, encuentro y me pierdo; tengo una sensación tan extraña. El paisaje no existía, solo una neblina grisácea me envolvía. No sabía a dónde iba, pero el caballo que montaba parecía sí saberlo. ¿Qué pensar cuando no ves a más de medio metro delante de ti? Parecía ver como espejismos en medio de la niebla pero eran nada al fin, ni siquiera podía ver el suelo por donde iba; solo sentir el golpeteo de los cascos del caballo.
Abro mi bolso y empiezo a revolver en su interior buscando algo, que cosa todavía no lo sé. Mi mano encuentra un mapa, otro mapa, una brújula y una lista con indicaciones. ¿Pero de qué me sirve todo esto si no veo nada? Si mi caballo entendiera algo… pero si lo hiciera no estaría ahora llevándome quién sabe a dónde.
En el camino me encuentro con dos hombres montando sus caballos. Desesperado le pregunto en dónde estoy y hacia dónde voy. Uno me contestó que no tenía esperanza de llegar a ninguna parte, el lugar en donde me encontraba era el infinito. Me dio a entender que había caído en un pequeño plañera el cual era todo igual: llano y cubierto de niebla en el cual lo recorría una y otra vez.
Desalentado miré al otro hombre el cual quiso desilusionarme  con sus palabras: “Es imposible salir de aquí. Yo perdí la cuenta del tiempo, del espacio y casi de mi memoria”. Pero yo no podía aceptar aquella realidad. Les refuté sus palabras diciéndoles que de alguna manera hemos llegado a este lugar. La respuesta de aquel hombre desilusionado fue simple y arrasadora: “Mira joven, algunos directamente nacemos en este lugar. Aunque vos no lo veas, alrededor nuestro hay miles de hombres, mujeres, niños y ancianos como nosotros. Ya con el tiempo te irás encontrando con ellos. Y los que no nacieron aquí, no recuerdan cómo llegaron a este lugar”.
Pero yo si lo recuerdo, me dije a mi mismo, no exactamente cómo aparecí aquí, pero recuerdo que estaba trotando en una verde pradera; era un fin de semana largo… Mis pensamientos fueron en voz alta y sin darme cuenta de ello. Al oír esto el hombre sin esperanza alguna me contestó: “Esos recuerdos de nada sirven si no sabes cómo llegaste a este lugar”.
Con bronca y airado  pateé a mi caballo para que trotase más y más rápido hasta que se transformó en una carrera. Corría a toda velocidad queriendo huir de todo esto y pretendiendo llegar lo antes posible a ese lugar que en mi mente recordaba. Pero en un momento dado, de tanto correr mi caballo cayó casi muerto por la fatiga. Así que lo dejé allí medio muerto y empecé a corre con todas mis fuerzas. Vi que llevaba muchas cargas encima de mí y empecé a dejarlas por el camino.
Sólo quedaban mis calzados la ropa en mi cuerpo. Continué corriendo, y se me rompieron los calzados. Con mis pies pisando ese suelo húmedo continué cada vez más y más rápido. Cuando creía ya que iba a caer como el caballo sentía que me elevaba del suelo más y más. Ya mis pies no se movían, eran alas a mis espaldas. Pero yo no las movían, ellas llegaron por si solas y se movían por su cuenta. Y me llevaron lejos, muy lejos por el aire  cubierto de niebla, pero ella comenzó a convertirse en nubes y más nubes. Estas a su vez en nubarrones más grandes y oscuros hasta transformarse en una tormenta feroz. Casi desee volver a donde estaba, pero decidí continuar.
Esas alas me condujeron fuera del alcance de la tormenta hasta un firmamento negro lleno de estrellas y debajo de él nuestra hermosa tierra. Luego de ver esa escena no recuerdo más nada.   Me vi encima de mi caballo recorriendo ese lugar que recordaba, creí que todo había sido una mala jugada de mi mente. Pero al levantar la  vista vi cómo dos alas se iban volando hacia el horizonte hasta perderse.

LA PALOMA DE LA PAZ.



Ocurrió hace un tiempo atrás en algún lugar de nuestra madre tierra en donde dos tribus humanas de disputaban el poder total. Ambas tribus tenían un mismo concepto, aquella que obtenga el “cetro de los ancestros” dominaría sobre toda aquella tierra y sus habitantes.  Esta creencia se remonta hacia una época pasada en donde ambas tribus convivía en paz gobernadas por un solo líder.  El creó un cetro especial con el cual simbolizaba la unión de ambas tribus. En medio de esto existía un acuerdo de cómo se elegiría al próximo jefe de ambas tribus. Se irían alternando uno de cada tribu. 

Pasaron muchos años de paz hasta que un día este cetro fue robado. El ladrón fue visto y perseguido, pero no estaba solo. Un grupo de personas opositoras al método de gobierno salieron al encuentro para defender a aquel ladrón. En medio de la pelea el jefe fue herido de muerte, el ladrón asesinado y el cetro se perdió.
Así fue cómo se originó esta disputa.  La tribu al que el ladrón pertenecía enseguida fue acusada de querer tomar el poder total y en medio, un puñado de personas que no querían que existiese tal unión destruía la poca paz que quedaba. Al final todo esto desencadenó una guerra entre ambas tribus.

Todos luchaban por obtener ese cetro, se olvidaron su significado sustituyéndolo por la idea de que el le daría el poder sobre todo. Los días pasaron y la situación no cambiaba, la miseria y la pobreza se empezaron a notar por doquier.  Parecía que esta contienda nunca iba a terminar hasta que un día…

Ambos ejércitos encontraron el lugar en donde se encontraba el cetro. Era una casa en ruinas en medio del campo. Dentro de ella, sobre una mesa libre y a la intemperie estaba el objeto tan deseado. Ambos bandos se vieron la cara bien de cerca. Una pausa inexplicable se apoderó de ellos. Estaban inmóviles mirándose entre ellos y al cetro.  Una paloma se había posado en la punta de el. Cuando estuvieron a punto de liquidarla, una bandada de palomas pasó fuertemente entre medio de ellos llevándose consigo el objeto de la disputa. Sobre la mesa sólo quedó aquella inocente paloma, pero esta vez sin el cetro sobre sus pies.

Confundidos los guerreros dejaron de luchar entre si, se quedaron en silencio alrededor de aquella mesa. Sin el cetro ya no tenían motivos para luchar. Podían elegir continuar peleándose entre ellos, pero ya sería más una conquista que una disputa por el poder de ambas tribus. Afortunadamente este hecho de la naturaleza se apoderó de sus corazones y los llevó a la reflexión. Decidieron que aquel lugar sería la frontera divisoria de ambas tribus, pero que crearían en aquel lugar una aldea en la cual ambas tribus pudiesen comerciar e interactuar en paz.

No se sabe si alguna vez volvió a haber un conflicto nuevamente, todo lo que se puede ver son dos naciones hermanas en paz y en medio de ellas una hermosa ciudad en cuya plaza central se halla una paloma de bronce símbolo de la paz entre ambas naciones. Sobre aquel cetro no se supo nunca más nada, ni tampoco nunca más nadie intento destruir la paz.
Carlos A. Tirado

EL QUE LLEVA Y TRAE.


El silencio se adueñó del lugar, cuatro amigos estaban enfrentados entre si divididos en dos bandos: Juan y Leila por un lado y Sofía y Lucas por el otro. El motivo: ya ni se acordaban. Una bola de nieve de falsas acusaciones iba en crecimiento. Como no se querían ni ver, ambos grupos pusieron un mediador externo: Felipe. El llevaba y traía información y respuestas. El era el que interpretaba las cosas y no siempre de la manera correcta. Esto hacía que nuca se llegase a ningún acuerdo.
Felipe consternado por esto buscó ayuda de un profesional, no quería fracasar en la unión de los amigos. El profesional le dio una idea; que juntase de manera sorpresiva a ambos grupos. Y así fue que una tarde de feriado, los cuatro se encontraron en un bosque. Ambos habían caído en la trampa de Felipe que era una simple caminata por el bosque orientados por brújula y mapa. Una especie de aventura que llevaría a ambos grupos al mismo lugar.
El encuentro se produjo en un lugar en donde deberían pasar la noche en carpa. Fastidiados por encontrarse y mas enojados aún por la trampa de Felipe acamparon varios metros de distancia entre uno y el otro. Pero al anochecer, sucederían cosas que los reencontrarían nuevamente. Felipe les había preparado unas sorpresitas.
Llegada la media noche empezaron a escuchar ruidos raros, ambos salieron a ver que era pero no encontraron nada. El miedo y la inseguridad empezaron a trabajar en ellos. En poco tiempo se juntaron por cuestiones de seguridad. Mientras los cuatro rodeaban la fogata esperando escuchar y descifrar esos ruidos y sonidos extraños comenzaron a charlar entre si. Ambos se dieron cuenta lo tontos que habían sido, se sorprendieron a al ver que tenían acusaciones sin fundamento. De esa manera empezaron a aclarar las cosas hasta que llegaron al problema que los había dividido. Pero este en comparación a todas las acusaciones que habían levantado era minúsculo. Al final de la noche estaban los cuatro unidos nuevamente.
El que llevaba y traía se dio cuenta que no hay mejor persona para solucionar un problema que las que están involucradas en el caso.

EL PÁJARO DEL ÁRBOL.


Hace un rato ya que veo a ese pájaro en una de las ramas del eucalipto. Nos mira fijamente como analizándonos. No es culpa nuestra lo que sucede, ese animal nos da miedo. Miro a las palomas que están cerca de mí, miro a mi canario cantando en la jaula y a mi loro en mis manos; ninguno es como él. No veo una señal de mansedumbre, una cualidad de gran cantor; solo ese chillido desafinado que grita. Tampoco aprende a pronunciar palabras ni es muy colorido. Soy un niño de nueve años y tengo que admitir que ese pájaro me da miedo. Ese color marrón que se entremezcla con las ramas del árbol, su pico largo y encorvado y esas enormes garras que tiene parecieran estar esperándome para capturarme  y ser su cena.
No es que tenga un desprecio por los pájaros, me gustan mucho. Siempre caigo en la controversia de que las aves deben volar libremente pero me gustan tanto que poseo un canario y un loro en cautiverio. Hasta mis amigos vienen y se divierten con ellos pero cuando ven a aquél pájaro, guardan silencio y miran para otro lado. Sentía que esa ave veía desde lejos cómo era rechazada y diferenciada de las otras. Tal vez estaba planeando su ataque o peor aún; su venganza contra mi loro, el canario o alguna paloma. Pero pronto yo cambiaría de opinión.
Sucedió ayer a la tarde, luego de jugar con mis amigos durante la mañana la pereza de la tarde hizo que me durmiera debajo del eucalipto. Era una de esas tardes cálidas de verano en donde la sombra de un árbol viene muy bien. No habrá pasado mucho tiempo cuando su grito me despertó. Ahí lo vi venir como flecha hacia mi, dentro mío temí lo peor creí que ese pájaro iba a atacarme. Pero no lo hizo, pasó rozando mi hombro derecho llevándose de el una serpiente entre sus garras. Quedé quieto por unos instantes hasta que reaccioné y me levante rápidamente. Ese pájaro había evitado que yo fuere picado por una serpiente. Allá a lo lejos lo veía devorar a su presa.
Pasó un largo rato hasta que el volvió a posarse sobre las ramas del árbol. Con un poco de miedo extendí mi brazo para ver que hacía. Para sorpresa mía el ave voló hacia mi brazo y se posó en él. Desde ese momento supe que el me estaba protegiendo. Ya no era un pájaro peligroso para mí, sino uno fuerte y protector. Como el canario estaba diseñado para cantar y el loro para decir cosas chistosas, el estaba echo para mantener un equilibrio en nuestra madre naturaleza. Mi error fue catalogarlo por su apariencia exterior, un error que no quiero volver a cometer.
Desde esa tarde, cada vez que venían mis amigos, le mostraba a aquella ave que había salvado mi vida. Desde entonces no he vuelto a mirar despectivamente o con miedo a otro pájaro.