Hace
un rato ya que veo a ese pájaro en una de las ramas del eucalipto. Nos
mira fijamente como analizándonos. No es culpa nuestra lo que sucede,
ese animal nos da miedo. Miro a las palomas que están cerca de mí, miro a
mi canario cantando en la jaula y a mi loro en mis manos; ninguno es
como él. No veo una señal de mansedumbre, una cualidad de gran cantor;
solo ese chillido desafinado que grita. Tampoco aprende a pronunciar
palabras ni es muy colorido. Soy un niño de nueve años y tengo que
admitir que ese pájaro me da miedo. Ese color marrón que se entremezcla
con las ramas del árbol, su pico largo y encorvado y esas enormes garras
que tiene parecieran estar esperándome para capturarme y ser su cena.
No
es que tenga un desprecio por los pájaros, me gustan mucho. Siempre
caigo en la controversia de que las aves deben volar libremente pero me
gustan tanto que poseo un canario y un loro en cautiverio. Hasta mis
amigos vienen y se divierten con ellos pero cuando ven a aquél pájaro,
guardan silencio y miran para otro lado. Sentía que esa ave veía desde
lejos cómo era rechazada y diferenciada de las otras. Tal vez estaba
planeando su ataque o peor aún; su venganza contra mi loro, el canario o
alguna paloma. Pero pronto yo cambiaría de opinión.
Sucedió
ayer a la tarde, luego de jugar con mis amigos durante la mañana la
pereza de la tarde hizo que me durmiera debajo del eucalipto. Era una de
esas tardes cálidas de verano en donde la sombra de un árbol viene muy
bien. No habrá pasado mucho tiempo cuando su grito me despertó. Ahí lo
vi venir como flecha hacia mi, dentro mío temí lo peor creí que ese
pájaro iba a atacarme. Pero no lo hizo, pasó rozando mi hombro derecho
llevándose de el una serpiente entre sus garras. Quedé quieto por unos
instantes hasta que reaccioné y me levante rápidamente. Ese pájaro había
evitado que yo fuere picado por una serpiente. Allá a lo lejos lo veía
devorar a su presa.
Pasó
un largo rato hasta que el volvió a posarse sobre las ramas del árbol.
Con un poco de miedo extendí mi brazo para ver que hacía. Para sorpresa
mía el ave voló hacia mi brazo y se posó en él. Desde ese momento supe
que el me estaba protegiendo. Ya no era un pájaro peligroso para mí,
sino uno fuerte y protector. Como el canario estaba diseñado para cantar
y el loro para decir cosas chistosas, el estaba echo para mantener un
equilibrio en nuestra madre naturaleza. Mi error fue catalogarlo por su
apariencia exterior, un error que no quiero volver a cometer.
Desde
esa tarde, cada vez que venían mis amigos, le mostraba a aquella ave
que había salvado mi vida. Desde entonces no he vuelto a mirar
despectivamente o con miedo a otro pájaro.
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