lunes, 16 de marzo de 2015

La Juguetería

En la calle Prada, cerca de la heladería más visitada por los turistas, se encuentra la Juguetería Believe; dentro podemos encontrar todo tipo de juguetes, desde el clásico oso de felpa hasta la maravillosa muñeca de temporada, pasando por vaqueros, payasos, cascanueces, peonzas y demás. Cada noche, cuando el dueño cierras la ultima puerta y se prepara para ir a casa, los juguetes que ahí habitan cobran vida… o dejan de aparentar ser inertes.
Claro que no todos los juguetes tienen vida, solo los que la gente rechaza y es que, al ser victima de un hechizo, la juguetería solo les da vida a los juguetes que llevan más de una temporada ahí… podemos pensar que es un castigo, pero los juguetes realmente se la pasan muy bien, cuando consiguen olvidar que están ahí por el rechazo de los niños humanos, que cada día prestan más atención a los aparatos tecnológicos que a los juguetes tradicionales; de cualquier manera, algunos juguetes llevan ya una larga temporada varados en aquella tienda, como ejemplo está Beary, un precioso oso de felpa con la cara más tierna del mundo, quien es el que más tiempo ha estado en la tienda, siempre esperando, todos los días pone su cara más tierna y espera que algún día un niño o niña deje de ver su móvil o aparato y lo observen a el, quien está dispuesto a ser fiel y dar amor a quien se pronuncie su amo.
Esta juguetería es especial, sin duda alguna, pero no es bueno no ser observado. Si algún día te topas con ella, te recomiendo que dejes de jugar en el móvil o consola portátil y pongas atención en todos los juguetes, en todos los detalles que tienen,  trata de identificar la mirada de anhelo que te presentan, procurando proyectar la futura alegría que estos te podrían dar, si tan solo pones atención y vives tu infancia como debe ser.

El león afónico

En un recóndito rincón africano, vivía un león al que sus cuerdas vocales le impedían rugir como sus semejantes. Un defecto de nacimiento, del que nadie estaba enterado, que le obligó a  adoptar una actitud mucho más tranquila y sosegada que la del resto de sus congéneres, gracias a la cual se granjeo la amistad de todos los animales de los alrededores.
Un día, su destino se cruzó con el jabalí más cabezón y pesado del mundo. Tan pesado era, que el león deseo fervientemente poder rugir para apartarlo de su lado. Fue tal la sensación que le produjo este inoportuno invitado, que se puso a trabajar en un invento capaz de reproducir el sonido de un rugido. Los meses pasaron y el jabalí regresó para terminar la conversación que creía tener pendiente con el león.
Harto de tantas patrañas, acciono el botón de su máquina, para lanzar el rugido más potente y aterrador jamás escuchado. Un gran rugido, que además de su objetivo, aterrorizo al resto de los habitantes del lugar.
Solo y abandonado por todo el mundo, el león comprendió que para que todo el mundo lo respetara no era necesario rugir. Muy arrepentido por su acción, pidió perdón todos sus amigos, prometiéndoles que nunca jamás les asustaría con sus rugidos.

El monstruo que me visita


Desperté en medio de la noche: las cortinas danzaban con el viento, el aire estaba espeso y se escuchaba una dulce melodía que venía de alguna parte. Mis ojos estaban abiertos pero, a excepción de las cortinas, no podía ver nada.
Lo intenté con más ardor y pude ver que por la ventana entreabierta pasaba un inmenso monstruo de forma etérea, que se fue introduciendo lentamente en la habitación. La música dejó de sentirse nítida, y todo el espacio se volvió como de nebulosa.
Me sentí como cuando mi madre me llevaba en brazos del salón a la cama (siempre me ha resultado más sencillo dormirme en compañía); alguien o algo me llevaba hacia alguna parte y no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Llegué a sentir que tenía la liviandad de un fantasma y que mis extremidades se volvían totalmente flexibles.
Su respiración sobre mis pómulos, sus punzantes ojos sobre los míos, su mano áspera apoyada en mi frente arrugada y atemorizada. Un miedo terrible se apoderó de mí; el mundo entero confabulaba para hacerme daño, para corromperme, para exterminarme. “No, estoy dormida”, me dije. Sabía que no era verdad pero ¿cómo creer entonces que aquello estaba sucediéndome realmente? Su aliento llego a rozar mis entrañas y me heló profundamente.
Fue entonces cuando la luz se apoderó de mí y lo comprendí todo. Abrí más los ojos, lo que había ante mí era un monstruo horrible, pero no muy diferente a como yo me veía. Supe que la única forma de escapar de esa situación era conocerlo plenamente y me introduje sin reparos en lo más profundo de mi mente.
Cuando abrí los ojos el mediodía asolaba la alcoba. La ventana estaba cerrada, las cortinas rígidas y la música se había terminado. En el aire espeso revoloteó una mosca, y se alejó por una hendija de la puerta. Afuera un sol radiante se manifestaba inalterable disipando las pocas nubes que quedaban.
 

Agua del pozo

Había una vez un hombre muy rico, que dedicaba su vida a viajar por todo el mundo en busca de aventuras. Tras pasar un extenso desierto en el que le fue imposible encontrar una miserable gota de agua, hizo su entrada en un pueblo lleno de exuberante vegetación, que se alineaba entorno a un pozo.
Ansioso por saciar su enorme sed, se encaminó hacia el pozo todo tan rápidamente como sus piernas se lo permitieron. Al llegar al brocal, descubrió con enorme tristeza, que nada había para permitirle sacar agua del pozo. Minutos después de su hallazgo, una mujer con un gran cántaro en la cadera  se aproximó hasta el pozo.
-La paz sea contigo forastero
- Contigo sea mujer.
Después de los saludos de rigor, la mujer ató el cántaro a la cuerda que colgaba del arco del pozo y comenzó a bajarlo muy despacio hasta alcanzar el agua      . Cuando este estuvo sumergido en el líquido elemento, la mujer empezó a tirar de la cuerda para sacar el cántaro a la superficie.
Mientras ella estaba entretenida en esta labor, el viajero se entretuvo en contarle todas sus andanzas a lo largo y ancho del mundo. Con un último esfuerzo, la mujer sacó el cántaro del pozo, lo desató de la cuerda y se lo volvió a colocar en la cadera.
-Gracias por hacerme la tarea más entretenida. Que Dios guie vuestros pasos –dijo la mujer mientras se alejaba-.
Allí se quedó el rico viajero, esperando a que el buen Dios se apiadara de él y le suministrara de algo con lo que alcanzar el fondo del pozo…
 

El niño-pájaro

Lo miraba fijamente como si dentro de su cuerpo hubiera algo que ella necesitaba para existir. El niño también la miraba: nunca antes había visto un pajarraco tan inmenso; bueno, una pajarraca: él siempre creía que las aves eran femeninas. Comenzaba a pensar que se trataba de una de esas alucinaciones que estaban aquejándolo desde hacía un largo tiempo y de las que su madre huía despavorida.
Cuando sus ojos estaban a punto de romperse oyó la voz de su madre que solicitaba con urgencia su presencia. Bajó las escaleras con decisión, cumplió con su madre y volvió a su habitación; la pájara ya no estaba. Dejó la ventana abierta pero no volvió a verla. Durante días enteros esperó ansioso su regreso, y cuando ya no tenía esperanzas de volver a mirarse en el fondo de sus ojos ocurrió algo que confirmaría sus sospechas.

Era de noche, su padre acababa de llegar a la casa más cansado, aterrado con el mundo y violento que nunca. El niño no recordaba haberlo visto de esa forma antes. Su ropa despedía un cúmulo de olores: “todos los bares y sitios de la ciudad se pegan a su piel”, pensó el niño. En poco tiempo empezó a golpear y destruir todo lo que se ponía en su camino. Cuando el niño supo que había llegado su turno se escabulló y subió más rápido que deprisa a su habitación. 

Cerró la puerta con una violencia tímida y asustadiza y se quedó paralizado. Entonces, la vio: la inmensa pajarraca estaba parada de pie junto a la ventana. Intentó acercarse a ella pero al hacerlo ella voló hacia el sol. Y, sin saber bien cómo, el niño se vio a sí mismo surcando los aires, huyendo de esa vida que no le depararía más que lamento y tristeza. 

El sol se había puesto y sus padres continuaban gritando e incendiando la casa: demasiado ocupados en sus asuntos como para pensar en ese niñito que ya se iba, que dejaba el tiempo de infancia para siempre.
 

Amor filial

Hay niños que nacen con una predisposición especial para convertirse en adultos con profesiones bien determinadas. Niños que de pequeños sienten la necesidad de volverse artistas, médicos o policías. En algunos casos en sus familias hay personas que se dedican a estos oficios y, en su deseo de parecerse a ellos, los pequeños se nutren de las experiencias que cuentan los grandes y van creando su propio carácter hasta convertirse en escritores, cirujanos o bomberos. 

Pero algunos niños no vienen con ninguna mochila y tampoco reciben el incentivo de un familiar apasionado por un determinado oficio. Estos niños crecen a la deriva, como los camalotes que son llevados por el río hacia ninguna parte. Carlitos era uno de estos niños. Su madre trabajaba desde los 15 años lavando ropa en una lavandería (odiaba su trabajo) y su padre era una silueta sobre un portarretratos (Carlitos ni siquiera sabía su nombre). 

Cuando cumplió quince años, Carlitos conoció a Rubén, su padre era médico y su madre tocaba el piano en la orquesta de la ciudad. El corazón de los hijos de padres artistas y científicos se divide desde temprano: es una guerra a muerte, en la que suele ganar el afecto que más fuerte sea para el niño. 

Rubén adoraba a su padre y en poco tiempo supo que sería médico como él; pero cuando escuchaba una pieza bien ejecutada al piano, las dudas lo atemorizaban. ¿Y si seguía por ese camino? Mientras tanto sus tardes se dividían entre clases de álgebra y de piano, que cada uno de sus progenitores le brindaba de forma regular y exigente. 

Cuando Rubén conoció a Carlitos sintió deseos de tener su vida. ‘Saber que tienes que ser alguien es muy pesado’, le dijo. ‘No saber qué serás, es una vida vacía’, le respondió su amigo. Durante mucho tiempo jugaron juntos, crecieron, fueron al instituto, se quisieron. Una tarde Rubén desapareció y por mucho que Carlitos intentó dar con él no hubo forma de encontrarlo; finalmente, pensó que se había marchado a estudiar o que estaba de gira con su madre. 

Pasó el tiempo, Carlitos estaba trabajando en una imprenta (era el encargado de repartir cada mañana la prensa del día) cuando volvieron a verse. ‘¿Y, Rubén, cómo te tratan tus pacientes?’, le preguntó Carlitos después de darle un extendido abrazo. ‘Los médicos, querrás decir’, le respondió su amigo con la cara desencajada. 

Para algunos niños la disociación del amor hacia sus padres es muy difícil de afrontar. En tales casos, la gran mayoría habría preferido una vida más parecida a la de los camalotes.
 

El niño

“Nadie tiene el derecho de imponerle a otro la existencia, la carga de la vida”. Esa frase fue decisiva en la vida de Julián; desde que se encontró con ella su infancia ya nunca volvió a ser la misma.

La había leído en un libro que su madre tenía en su mesita de luz y le pareció importante, aunque no entendía del todo qué significaba. Aquella frase le pegó tanto que durante semanas no pudo huir de esas palabras. En la mente de un niño de diez años la vida es la única circunstancia posible. Fuera de la vida no hay nada. No existe la muerte, no hay más países que el propio, no hay incluso otras familias. En la mente de un niño como Julián la vida no era una carga. Por eso ese instante de iluminación lo llenó de tristeza y le apagó el sol de la infancia. ‘Si mi madre está leyendo esto ya sé lo que se propone… por eso cada vez hay más libros de esos…’, se dijo Julián. Pero la cosa no cambiaba por saberlo. 

Pensar en que su propia madre deseaba matarle no era sencillo de asumir; pero mucho menos lo era sentir que sería capaz de hacerlo con total tranquilidad, para cortarlo en trocitos y esconder todos sus pedazos en el fondo del jardín, como había visto que hacían en una película. 

Julián comenzó a perder el apetito y cada vez dormía peor. Su madre, enfrascada en sus asuntos, no era consciente del precipicio al que, sin querer, había lanzado al pequeño y no parecía preocupada por la catarata de neblina que había caído sobre el débil cuerpecito de su hijo. 

Una tarde, la madre se acercó a la cama de Julián: un cuerpo diminuto, flaquísimo y con la cara amarilla descansaba en el lugar donde ella esperaba encontrar la sonrisa de la criatura, de su criatura. Su desesperación fue rotunda. ¿Qué le ocurría? Los mejores médicos se acercaron a observar al niño pero nadie pudo hacer nada para ayudarlo. 

Desesperada, la madre intentó por todos los medios hablar con Julián. ‘Pequeño, ¿qué te ocurre?, ¿qué puedo hacer para ayudarte?, ¿quién te ha hecho esto? Oh, mi niño, no te me mueras’. El niño no hablaba ni comía, se iba evaporando con la lentitud con la que desaparecen las estrellas.

Un día abrió la boca y un hilo de voz irrumpió en el lúgubre silencio de la casa vestida de luto. ‘Para mí no era una carga, le dijo, pero te libero de la responsabilidad’. La madre no comprendió esto hasta que, tres años después de la muerte del niño, encontró un cuaderno en el que el niño había copiado aquella frase.