viernes, 2 de agosto de 2013

UN HIJO PRÓDIGO DE HOY.

ALFONSO FRANCIA.

 

                       Un padre tenía dos hijos. Un día le dijo el menor -16 años-.

-Necesito 600 euros. Quiero ir con unos amigos. No, no pongas esa cara. Sabes que, si no me las das, las buscaré por otra parte....

               El padre entendió enseguida que no había otra cosa que hacer. Con las manos temblándole y una voz muy tierna, le dijo:

-Toma, hijo, tú sabes que todo lo mío es tuyo y mucho cuidado con lo que haces.

              El padre sufrió mucho durante aquel mes. El hijo mayor constantemente le echaba en cara su debilidad. El dinero era también suyo y no veía con buenos ojos que su hermano se fuera a derrochar ese dinero con aquellos amigotes... El hijo no escribió ni una triste tarjeta. Naturalmente el padre sospechaba. Dormía y comía poco. Temía que, cualquier día, desde cualquier lugar, un telefonazo le comunicara algo raro, fatal. Ya veía él meses antes que su hijo estaba insoportable, hiriente, mordaz, irritable. "¿Habré hecho bien?, se preguntaba. ¿Lo habré perdido definitivamente, así, sin haber tenido una conversación en profunidad, sin saber lo que exactamente le pasaba? ¿No perderé también al mayor?". Todos los días veía la tele, esuchaba todas las noticias de la radio. Todo lo que se decía sobre los jóvenes le interesaba. Soñaba, soñaba mucho y tenía frecuentes pesadillas.

                 Un día recibió unas letras muy escuetas. Con su dirección y el ruego -casi mandato- de que le enviara otros 600 euros, que había hecho gastos extraordinarios y le habían robado la cartera. El padre se emocionó. Lloró. No se creyó nada. Sí, su hijo malgastaba eso y mucho más. El padre pensó en todos los vicios existentes imaginables. Los vecinos, la familia preguntaban ya por él, ¿qué contestar? Salía de apuros como podía...

               ¡Ay!, el día que volvió su hijo, le dio un vuelco el corazón. No importaba nada cómo viniera con tal de que volviera a su lado. Qué cara traía. Apenas hablaba. Estuvo unos días en casa como alma en pena. El padre ya sabía lo que eran las drogas y sus efectos. Lloró muy amargamente, pero al menos lo tenía con él. Un día lo abordó:

-Hijo, te encuentro mal, las cosas no pueden seguir así. Puedo buscar un médico, lo que quieras, pero es necesario que esto acabe.

              El hijo puso cara de compungido:

-No, papá, yo sé donde hay granjas que curan a los toxicómanos. Dame dinero y verás como vuelvo curado.

             El padre no vaciló. Lo abrazó y le dio el dinero... Qué dolor, cuando llegó a saber que su hijo ni siquiera había ido a aquella granja. Desesperado, no sabía qué hacer. Su hijo era una piltrafa. Lo abrazó; no le dijo nada. Lloraron los dos. El hijo mayor, salió dando un portazo, mascullando palabrotas y un "¡Ea!, puedes seguir gastando todo lo que ganamos con nuestro sudor para salvar a este degenerado. Entérate bien, papá. Lo que haces por él es hundirlo más. No le des ni un euro. Que pase hambre, que mendigue... Que robe como hacen los de su ralea, pero que no viva como una sanguijuela, chupándonos la sangre". El padre siguió ayudándole, gastando dinero en médicos, en granja, en droga, para que no tuviera que robar, esperando siempre que un día se curara. Estaba dispuesto a arruinarse, antes que perder a su hijo o permitir que tuviera que matar, ni siquiera herir a nadie, para poder tener su dosis. Pasaron años, se acabó el dinero, no la paciencia del padre. Su hijo menor fue muy lentamente saliendo de la droga. No pudo más que ayudar un poquitín a su padre. No soportaba más el seguir allí. Por eso, un día con pena, pero con decisión dijo:

-Lo siento, no sufras, papá, debo irme, pero no, no temas, debo irme a una granja, me siento obligado, debo ir a ayudar a otros que están como estaba yo...

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