
Había un joven al cual no se le había pasado inadvertido el brillo de la perla. Se había ocupado bien de investigar qué era el brillo ese que veía a menudo. El dueño sin darle mucha importancia le dijo que era una perla que había encontrado en el mar pero que se había deteriorado y perdido su valor. El joven, casi sin creer lo que escuchaba le ofreció comprarla. “Tal vez tenga suerte” pensó. El Dueño sin pensarlo dos veces se la vendió a un precio muy bajo. “Mira joven, no vale nada, pero si la quieres…” Y así se cerró la venta. No había pasado un mes cuando la ciudad se vio conmocionada. Había una nueva y novedosa joyería en la ciudad. Este joven, enamorado y movido por la belleza de esta perla decidió sacar un crédito en el banco y poner una joyería importante. En medio del salón, bien a la vista de todos se encontraba la perla, hermosa, brillante, romántica e inspiradora de todos los clientes que venían a comprar.“¿Cómo pudo pasar?, creí que había perdido valor…” Era lo que el dueño anterior se reprochaba cada vez que pasaba por esa joyería y podía ver, a la perla, bien a la vista adornando al resto de las piedras preciosas.
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