Existió una vez en un océano a la
vuelta de este mundo un gran archipiélago lleno de islas de todos los tamaños.
En medio de esta comunidad nació una pequeña islita. Era tan solo una roca que
sobresalía unos pocos metros del agua, rodeada por una playita de blanca arena
y un pequeño jardín en su interior con tres pequeños arbolitos. Alrededor de ella se levantaban enormes islas,
con sus enormes barrancos, extensas playas y elevadas montañas en su
interior. Otras eran un poco más
modestas pero muy superiores a ella.
A medida que el tiempo pasaba la islita crecía
despacio pero constantemente gracias a una enorme fuerza que la empujaba desde
sus entrañas. Pero no era nada fácil abrirse un lugar en el archipiélago,
algunos islotes posicionaban sus desfiladeros en determinadas posiciones para
castigarla con mucho viento. Y esto no era todo, enormes tormentas se desataban
en aquel lugar, gigantescas olas cubrían aquel diminuto paraíso amenazándolo en
barrerlo del mapa. Pero ella, con su roca bien firme y protectora de sus
arbolitos resistió todo tipo de tormentas y hostilidades. Vientos alados muchas
veces acudían en su ayuda para desviar las enormes y voraces olas de su camino.
El tiempo pasó y la pequeña isla
se transformó en un enorme paraíso isleño, lleno de majestuosos árboles,
hermosos jardines, con cristalinos arroyos y grandes montes. Y en su corazón,
al lado de un hermoso espejo de agua se elevan tres majestuosos árboles.
(Carlos A. Tirado)
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